MARIANA
—Estas servilletas o estas. —Gabi levantó dos telas casi idénticas frente a mí, en el mostrador de la tienda—. Marfil o hueso. Para la boda de Khalid. ¿Tú cuál ves?
—Yo veo que te estás haciendo daño. —Le bajé las manos—. Gabi. Amiga. Por última vez. Deja esa boda. Renuncia. Que la organice otra. No tienes que hacerte esto.
—Ya te expliqué—
—Explícamelo otra vez, porque no lo entiendo.
—Es la única manera. —Dejó las telas, y por un segundo se le cayó la sonrisa—. Si me alejo, lo sigo queriendo de lejos, idealizado, perfecto. Pero si me quedo, si le armo la boda flor por flor, si lo veo casarse con otra con mis propios ojos… entonces sí se me acaba. Ahí sí lo entierro. La decepción completa es lo único que me va a curar, Mari. Déjame curarme a mi manera, aunque sea la peor manera del mundo.
No la convencí. Nunca la convenzo cuando decide sufrir con método.
Estábamos pagando cuando una voz filosa cortó el aire detrás de nosotras.
—Vaya, vaya. La famosa rompebodas.
Me giré. Aaliyah. Impecable, perfumada, con esa cara de niña rica ofendida.
—La mexicana que colecciona bodas ajenas. —Se acercó, con una sonrisa venenosa—. Primero la boda de Zayed y Nadia. Yo iba a ser la esposa de Zayed. Todo estaba listo. Y llegaste tú, una organizadora de fiestas cualquiera, y me lo quitaste. Dos veces lo hiciste. Porque no te bastó una.
—Yo no te quité nada, Aaliyah. —Mantuve la voz firme—. Zayed nunca fue tuyo. Fue un pacto entre tu padre y el suyo. Yo no rompí tu boda. La rompió el hecho de que él no te quería.
—¡Cómo te atreves—!
—Se atreve porque es la verdad. —Gabi se plantó a mi lado—. Y baja la voz, muñeca, que estás haciendo el ridículo en una tienda. A ti no te dejaron plantada, te ahorraron un matrimonio con un hombre enamorado de otra. Deberías mandarle flores a Mariana, no insultarla.
—Ustedes dos son unas…
—Son unas damas. —Una tercera voz, serena y con autoridad, nos hizo voltear a todas—. Y tú estás a punto de dejar de ser una.
Farida.
La esposa del señor Nassar, elegantísima, había aparecido de la nada y miraba a Aaliyah con una calma que imponía más que cualquier grito.
—Señora Farida. —Aaliyah palideció un poco. Se notaba que el apellido Nassar pesaba—. Yo solo—
—Yo sé lo que hacías, criatura. Te oí desde la entrada. —Farida se acercó—. Insultar a dos mujeres en público, a gritos, por un hombre que no te quería. ¿Eso te enseñaron en tu casa? Una mujer honorable no arma escándalos en una tienda por despecho. Una mujer honorable se retira con la cabeza en alto y deja que el tiempo le dé la razón, si es que la tiene. —Le sostuvo la mirada—. Compórtate. Y retírate.
Aaliyah abrió la boca. La cerró. Y, roja de humillación, se dio la vuelta y se fue
—Gracias —le dije a Farida, todavía temblando—. No hacía falta que—
—Claro que hacía falta. —Me palmeó la mano—. Nadie insulta a la esposa del socio de mi marido delante de mí. Faltaba más.
Y en ese momento me sonó el teléfono.
Era Khalid. Contesté con una sonrisa, todavía por el gusto de ver a Aaliyah salir corriendo.

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