GABI
—Le rompieron una costilla. —Le conté a Karim en el jardín, mientras él secaba el capó del auto por costumbre, aunque ya estaba seco—. Y le dejaron la cara como un mapa. Pero Mariana dice que va a estar bien. Se lo llevaron a vivir con los Nassar, esa gente que los está ayudando. Al menos ahí van a estar seguros.
—Malditos. —Karim apretó el trapo—. El señor Zayed no se merece esto. Ninguno de los dos se lo merece. —Negó con la cabeza—. Yo lo encontré, ¿sabe? Tirado en el piso. Nunca en mi vida se me va a olvidar esa imagen.
—Lo sé. —Le puse una mano en el brazo—. Hiciste bien en llegar cuando llegaste.
Nos quedamos un momento callados, con el peso de todo encima.
Y entonces solté lo que llevaba días masticando.
—Karim. Me voy.
Se detuvo.
—¿Cómo que se va?
—A México. De vuelta. —Respiré—. Ya no soporto esta casa, Karim. No puedo más. Termino la boda de Khalid, que es en dos días, entrego todo bonito, con sus peonías y sus manteles y su música, y me subo a un avión y no vuelvo a pisar Dubái en mi vida. —Se me apretó la garganta—. Aquí ya no tengo nada. Mariana ya es feliz, ya está a salvo, ya tiene a Zayed y a los Nassar cuidándola. Ya no me necesita. Y yo aquí solo me estoy haciendo daño, día tras día. Es hora de irme a casa.
Karim dejó el trapo sobre el cofre, despacio.
—La voy a extrañar, señorita Gabi. —Lo dijo en serio, sin su broma de siempre—. Un montón. Usted es de las pocas personas de verdad que hay en esta casa. Sin usted, esto va a estar más triste.
—Y yo a ti, Karim. —Se me llenaron los ojos, y me reí para no llorar—. ¿Quién me va a aguantar mis dramas ahora? ¿Quién me va a abrazar en los pasillos cuando ande chillando por las esquinas?
—Cualquiera con dos brazos. —Sonrió—. Pero ninguno tan bien como yo.
Me reí de verdad, y lo abracé. Uno de esos abrazos que ya nos habíamos dado antes, de hermanos, de los que sostienen. Karim se había vuelto, sin darme cuenta, en lo más parecido a un amigo verdadero que tuve en este país.
—¡Karim! —Una muchacha del servicio venía medio apurada por el jardín—. Karim, ¿puedes venir? La señorita Layla tiene un problema con una llave del baño, se está saliendo el agua y no para, y el señor Hassan no está, salió a un encargo. ¿Puedes ayudar?
—Voy. —Karim se separó de mí, agarró sus herramientas del auto—. El deber llama. —Me guiñó un ojo—. No se me vaya sin despedirse en grande, ¿eh, señorita? Le organizo yo la fiesta de despedida.
—Trato hecho. —Le sonreí—. Ve, anda, antes de que Layla inunde la casa.
Y se fue, detrás de la muchacha, dejándome sola en el jardín con mi trapo, mi tristeza y mis dos días de cuenta regresiva.
No estuve sola mucho tiempo.
—¿Te vas a México?
La voz me llegó por la espalda, y no necesité voltear para saber quién era. Mi cuerpo lo reconoce siempre, el muy traidor.

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