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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 134

KARIM

Subí a la habitación de la señorita Layla con la caja de herramientas y me encontré un pequeño mar.

El baño estaba inundado. El agua salía de debajo de la llave del lavabo y ya empezaba a cruzar la alfombra del cuarto. Layla, en la puerta, con los zapatos en la mano y el vestido levantado para no mojárselo, me miró llegar con cara de pocos amigos.

—Yo pedí a Hassan. —Cruzó los brazos—. No a ti.

—Y Hassan pidió que viniera yo. —Dejé la caja en el piso seco—. Mi tío está ocupado llevando y trayendo gente para la boda de mañana. Así que le tocó el sobrino. Con permiso.

Entré al baño, esquivando el agua, y me agaché junto al lavabo para cerrar la llave de paso.

Y me resbalé.

El piso era una pista de hielo y mis zapatos no perdonaron. Se me fueron los pies, me agarré del borde del lavabo, y aun así terminé con medio cuerpo empapado, la camisa pegada a la piel y el orgullo por el suelo mojado.

—¿Estás bien? —Layla dio un paso, preocupada a su pesar.

—De maravilla. —Me levanté, chorreando—. Nunca había estado mejor.

La camisa mojada me pesaba y se me pegaba a todo. Me la desabroché y me la quité, porque no iba a arreglar una tubería vestido como un náufrago.

Y entonces la vi.

Layla, en la puerta, mirándome. Y no me miraba la cara. Me miraba a mí, el torso, los hombros, con los ojos muy abiertos y las mejillas encendiéndosele de un rojo que le subía por el cuello.

Ah.

Ahí me acordé de por qué me gusta tanto molestar a esta mujer.

—¿Le pasa algo, señorita Layla? —Me estiré, sin prisa, para alcanzar la llave de paso, tomándome mi tiempo—. Se puso usted colorada. ¿Será el vapor?

—No hay vapor. —Apartó la mirada, rapidísimo—. El agua está fría.

—¿Entonces?

—Ponte la camisa. —Lo dijo entre dientes, sin volver a mirarme—. Es indecente. Estás medio desnudo en mi baño.

—Está empapada, señorita. —La levanté con dos dedos, escurriendo—. Me la pongo y me enfermo. ¿Prefiere un chofer enfermo o un chofer sin camisa?

—Prefiero un chofer que se apure y se vaya.

—Me apuro. —Le sonreí, y me di la vuelta hacia la tubería, sabiendo perfectamente que ella seguía roja en la puerta—. Pero lo de la camisa va a tener que aguantárselo un rato.

Y me reí, bajito, mientras cerraba la llave. Porque no hay nada en el mundo que disfrute más que ver a la orgullosa Layla Al Rashid perder la compostura por algo tan simple como un hombre sin camisa.

Dos días después, llegó la mañana de la boda.

Y con ella, la despedida.

—Ya está. —Gabi bajó las escaleras con una maleta y los ojos hinchados de no dormir—. Me voy, Karim. En serio esta vez.

—¿Ya, ya? —Le tomé la maleta—. ¿Así, sin fiesta de despedida? Le dije que yo se la organizaba.

—Será para la próxima. —Sonrió a medias—. Mira, voy a hacer una cosa: voy a ir al salón, me aseguro de que todo quede perfecto, espero a ver a Khalid entrar, a que empiece la ceremonia… y en cuanto sepa que ya no me necesitan, me voy directo al aeropuerto. Tengo el vuelo a México en la tarde. Ni me despido de nadie más. Así, limpio. Rápido.

—Señorita Gabi. —La miré—. Le deseo toda la suerte del mundo. La de verdad. Se la merece más que nadie en esta casa.

—Gracias, Karim. —Se le quebró la voz, me dio un abrazo rápido, fuerte—. Cuídate. Y cuida a esta gente, que buena falta les hace alguien con la cabeza en su sitio.

Y se fue, con su maleta y su tristeza, camino al salón donde iba a entregar la boda más dolorosa de su vida antes de huir del país.

La vi irse con un nudo en la garganta. Me caía bien esa mujer. Muy bien.

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