KHALID
—Estate quieto. —Layla me acomodó el cuello de la camisa con esos dedos suyos de hermana mayor, aunque sea menor que Zayed—. Pareces un niño. Ya. —Me alisó las solapas y dio un paso atrás para verme—. Listo. Estás guapísimo, hermano. Vas a dejar a media boda suspirando.
—Gracias. —Le sonreí, porque era lo único que me salía.
—Mírate. —Layla me acomodó un mechón, con una ternura que me apretó el pecho—. El día de tu boda. —Suspiró—. ¿Sabes que deberías sentirte el hombre más afortunado del mundo hoy?
—¿Por qué?
—Porque te casas por amor, Khalid. —Lo dijo simple, sin drama, y por eso me dolió más—. Tú pudiste elegir. Zayed pudo elegir. Los hombres de esta familia se enamoran y pelean y eligen. —Se le nubló un poco la mirada—. En cambio yo… yo solo espero. Espero sentada a que mi padre decida qué hombre me conviene, qué apellido le sirve, con quién me casa para cerrar qué negocio. A mí nadie me va a preguntar a quién amo. Tú al menos tienes eso. Elegiste tú. Aprovéchalo, hermano. No todos podemos.
Y se me quedaron sus palabras clavadas como un anzuelo.
Elegiste tú.
—Te deseo toda la felicidad del mundo. —Layla me tomó las manos—. De verdad, Khalid. Toda. Al lado de la mujer que amas, que hoy empieza tu vida con ella. Sé muy feliz. Te lo mereces.
La abracé fuerte. Más fuerte de lo que ella esperaba.
—Gracias, Layla. —Le hablé contra el pelo—. No sabes cuánto me sirve lo que acabas de decir.
—Es tu día. —Se rió, sin entender del todo—. Para eso están las hermanas. Anda, baja, que se hace tarde. Yo voy en un rato, en cuanto termine de arreglarme.
Y se fue, dejándome solo frente al espejo.
Me miré.
Un hombre de traje, peinado, perfecto, el día de su boda. La cara de un hombre afortunado, según mi hermana. Un hombre que pudo elegir.
Que pudo elegir.
Saqué el teléfono. Miré el reloj: faltaba menos de una hora. Busqué el nombre de Gabi en la pantalla, con el pulgar temblándome encima. La iba a llamar. Iba a decirle… algo. No sabía qué. Que no se fuera. Que esperara. Que me diera un minuto para pensar.
No llamé.
Guardé el teléfono, con el corazón golpeándome, y bajé las escaleras casi corriendo, desesperado, sin saber a dónde iba mi propio cuerpo. Todo en mí estaba mal. Cada paso hacia esa boda se sentía como caminar hacia el borde de algo.
Hassan me esperaba junto al auto en la entrada.
—¿Listo, muchacho? —Me abrió la puerta—. Hoy es el gran día.
—Listo. —Mentí, y ni yo me lo creí.
—Esperamos a la señorita Layla y nos vamos los tres —dijo Hassan, mirando hacia la casa.
—No. —Me subí al auto rápido—. No, Hassan. Vámonos tú y yo. Ahora. Que Layla se vaya después con Karim, o con quien sea. Yo me quiero ir ya. Solo.
Hassan me miró un segundo, extrañado, pero no discutió. Se subió al volante y arrancó.
Fuimos un rato en silencio. Yo miraba por la ventana sin ver nada, con las palabras de mi hermana dándome vueltas y vueltas.
—¿Se siente bien, señor Khalid? —Hassan me observó por el retrovisor—. Lo noto pálido. ¿Son los nervios de la boda?

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