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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 136

MARIANA

Le acaricié la frente a Zayed con la punta de los dedos, despacio, para no despertarlo.

Dormía por fin, después de una noche mala. Tenía el ojo todavía morado, medio cerrado, y una venda gruesa cruzándole el pecho por la costilla rota. Cada vez que respiraba hondo, hacía un gesto de dolor hasta dormido.

Y yo no podía dejar de mirarlo y de pensar en lo mismo, una y otra vez, sin poder creerlo.

Su padre hizo esto.

Mansour Al Rashid mandó a golpear a su propio hijo. No a un socio, no a un enemigo. A su hijo. A la sangre de su sangre. Lo entregó, en un papel doblado, a manos de Omar Hamza, para que le rompieran los huesos. ¿Qué clase de hombre hace eso? ¿Qué le pasó a un ser humano por dentro para que sea capaz de eso?

No lo entendía. No quería entenderlo. Solo sabía que ese viejo del bastón era mucho más peligroso de lo que yo había alcanzado a imaginar.

Le besé la frente a Zayed y salí de la habitación con cuidado, para dejarlo descansar.

Encontré a Nassar y a Farida en la sala grande, tomando café de la mañana.

—Buenos días, criatura. —Farida dejó la taza—. ¿Cómo amaneció nuestro paciente?

—Dormido, por fin. —Me senté con ellos—. Le dolió mucho la noche, pero ya está descansando.

—Está mejor que ayer —dijo Nassar con firmeza—. Ayer no podía ni girarse en la cama. Hoy ya reclama la comida. Eso es buena señal. Un hombre que reclama la comida es un hombre que va a vivir.

Me reí un poco, y se me llenaron los ojos al mismo tiempo.

—No sé cómo agradecerles. —Les tomé una mano a cada uno—. En serio. Nos abrieron su casa, nos protegen, nos cuidan como si fuéramos de su familia. No tenían por qué. Zayed y yo no éramos nadie para ustedes hace una semana.

—Eran dos personas buenas en problemas. —Farida me apretó la mano—. Con eso basta.

—Es que… —Me tembló la voz—. Lo único que me pesa es mi familia. Mi hija Valentina y mi mamá están en México, solas. Y con todo lo que está pasando, con lo peligroso que se puso esto, no me quedo tranquila teniéndolas tan lejos y sin protección.

Nassar y Farida se miraron.

—Eso se arregla hoy mismo. —Nassar dejó la taza—. Yo mando por ellas. Un vuelo seguro, gente de confianza que las acompañe puerta a puerta, desde Guadalajara hasta esta casa. En dos días las tienes aquí, contigo, bajo el mismo techo y los mismos muros. Nadie las va a tocar.

—Nassar, no puedo pedirles—

—No lo estás pidiendo. —Farida levantó una mano—. Lo estamos ofreciendo, que es distinto. Esta casa es grande y está muy silenciosa desde hace años, criatura. Una niña corriendo por los pasillos nos va a hacer bien. Trae a tu hija y a tu madre. Es una orden. Ya sabes que a las viejas se nos obedece.

Se me salieron las lágrimas, sin poder evitarlo. Después de meses de puertas cerradas, de traiciones, de golpes, de gente que nos daba la espalda, estas dos personas mayores, casi desconocidas, nos abrían su casa, su mesa, su protección, sin pedir nada.

—Son ustedes muy buenos con nosotros. —Me limpié la cara—. Zayed y yo nunca lo vamos a olvidar. Nunca.

—Lo bueno se paga con lo bueno. —Nassar se encogió de hombros—. Nosotros elegimos el amor una vez, y nos fue bien. Ahora ayudamos a otros que eligieron lo mismo. Así es como debe funcionar el mundo, aunque casi nunca funcione así.

—Ahora bien. —Nassar se puso serio, y dejó la taza sobre la mesa—. No te voy a mentir, Mariana. Van a necesitar mucha ayuda en los próximos días. Mucha. Porque tu suegro no está nada contento, y algo me dice que va a estar todavía menos contento a partir de esta mañana.

—¿Por qué? —Me enderecé—. ¿Pasó algo más?

—Con su otro hijo. —Farida arqueó una ceja—. Con Khalid.

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