MARIANA
Estaba sentada en el borde de la cama con el teléfono en la mano y el número de mi madre en la pantalla.
Sin presionar llamar.
Llevaba diez minutos así.
¿Qué le digo?
"Mamá, me quedé en Dubái porque me voy a casar con un jeque multimillonario por contrato y no puedo decírtelo."
Claro. Perfecto. Sin problemas.
Suspiré.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Levanté la vista.
Una chica joven entró al cuarto con una sonrisa enorme y una energía que yo definitivamente no tenía en ese momento. Detrás de ella, tres mujeres cargaban cajas grandes. Blancas. Con listones dorados.
La chica tronó los dedos.
Las mujeres abrieron las cajas.
Y antes de que pudiera decir una sola palabra, tres vestidos de novia aparecieron extendidos sobre mi cama.
Blancos.
Largos.
Perfectos.
Las mujeres salieron en silencio.
La chica se quedó.
Me miró con esa sonrisa intacta.
—No voy a usar ninguno de esos —dije.
—Los tres son su talla —respondió ella sin perder la sonrisa—. Khalid consiguió sus medidas del contrato del evento.
Por supuesto.
El cuñado eficiente que todo lo sabe.
—¿Quién eres? —pregunté.
La chica extendió la mano con calidez genuina.
—Layla. Hermana del jeque.
La miré.
Después miré los vestidos.
Después la miré a ella otra vez.
—Layla. —Respiré—. Perdona. No es contigo. Es que estoy muy estresada y esto es demasiado y tú debes saber que este matrimonio es una farsa y yo realmente no—
—Oye. —Me puso una mano en el brazo con suavidad—. Respira.
La miré.
Ella sonrió.
—Sé perfectamente lo que es este matrimonio, Mariana. Y entiendo que estás en una situación imposible.
Algo en su tono me desarmó.
Era la primera persona en este palacio que me hablaba como un ser humano.
—Gracias —dije en voz baja.
—Pero... —Layla soltó mi brazo y su expresión cambió apenas. Seguía siendo cálida pero ahora había algo más—. Necesito que entiendas algo importante.
—¿Qué?
Caminó hacia los vestidos. Los acomodó con cuidado sobre la cama.
—En este palacio hay una sola persona que decide cómo funcionan las cosas.
—¿Tu padre?
Layla me miró.
—Mi padre tiene gran influencia, pero el resto lo decide Zayed.
Silencio.
—Lo que mi hermano pide —continuó con voz tranquila—, se hace. No porque seamos esclavos. Sino porque así funciona esta familia. Su palabra es la última. Su decisión no se discute.
Ah.
Perfecto.
Un año viviendo con alguien que nunca se equivoca y nunca acepta un no.
Qué maravilla.
—¿Y si no estoy de acuerdo con algo? —pregunté.
Layla me miró con esa sonrisa que ahora tenía un matiz diferente.
—Te recomendaría que no le lleves la contraria a Zayed, Mariana. No porque no puedas. Sino porque...
Hizo una pausa.
—...con él no funciona.
Interesante.
Porque a mí me encanta llevar la contraria.
Es prácticamente mi deporte favorito.
Especialmente con hombres que creen que el mundo gira alrededor de su palabra.
Mantuve la expresión tranquila.
—Entendido —dije.
Layla me estudió un segundo.
No creo que me creyera.
—Empieza a conocer nuestra cultura —dijo finalmente—. Nuestras costumbres. La forma en que se hacen las cosas aquí. —Se acercó y me apretó la mano brevemente—. No te lo digo para asustarte. Te lo digo porque si no lo haces el palacio te va a resultar muy difícil.
La miré.
—¿Y tu hermano?
Sus ojos brillaron con algo que se parecía a la diversión.
—Mi hermano también.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque