LAYLA
Desde el pasillo oía cómo mi padre destrozaba su oficina.
Un golpe. Algo de cristal reventándose contra la pared. Un cajón azotado. Los pasos furiosos del bastón yendo de un lado a otro. Conozco esos sonidos de memoria. Son los sonidos de mi padre cuando algo le sale mal, y cuando a mi padre algo le sale mal, en esta casa siempre hay alguien que lo paga.
Y últimamente, ese alguien soy yo.
Me quedé quieta junto a la pared, calculando si me arriesgaba a pasar frente a la puerta o si daba media vuelta y esperaba a que se le pasara la tormenta.
La puerta se abrió antes de que decidiera.
—Señorita Layla. —Hassan salió con la cara tensa, cerrando rápido detrás de él—. No entre. Por lo que más quiera, ahorita no entre a esa oficina. No está de humor. Nada de humor.
—¿Qué pasó, Hassan? —Bajé la voz—. ¿Por qué está así?
—Se encontró con su hermano. —Hassan suspiró—. Con el señor Zayed. En una mesa de negocios, por un terreno. Y no le fue bien. Digamos que el señor Zayed le ganó, delante de todo el mundo. —Negó con la cabeza—. Su padre no está acostumbrado a perder, señorita. Y menos contra un hijo al que dio por muerto. Viene echando fuego.
Antes de que pudiera contestar, la voz de mi padre retumbó desde adentro.
—¡LAYLA! ¡Sé que estás ahí afuera! ¡Entra!
Hassan y yo cruzamos una mirada. Respiré hondo y entré.
Mi padre estaba de pie junto a la ventana, con la oficina hecha un desastre a su alrededor, papeles por el piso, un florero roto.
—Toma. —Me estampó una carpeta en el pecho, sin mirarme apenas—. Estos documentos van a la oficina de los abogados, en el centro. Hoy mismo. Ahora. Y por una vez en tu vida, trata de no equivocarte de dirección ni de tardarte tres horas. ¿Crees que puedes hacer algo tan simple sin arruinarlo, o también en eso vas a salirme inútil como tus hermanos?
—Sí, padre. —Bajé la cabeza—. Ahora mismo.
—Ándate. Y no me hagas quedar mal.
Salí de esa oficina con la carpeta apretada contra el pecho y las lágrimas ardiéndome, pero no dejé que cayeran. Aprendí hace años a no llorar hasta estar lejos de él.
—Yo la llevo, señorita. —Hassan me alcanzó en el pasillo—. Déjeme sacar el auto.
—No. —Me salió más rápido de lo que quería—. No, gracias, Hassan. Que me lleve Karim. Usted quédese, por si mi padre necesita algo. Prefiero… prefiero que me lleve Karim.
Hassan me miró un segundo de más, con esa mirada suya que parece ver todo. Pero no dijo nada.
—Como usted diga, señorita.
Bajé al patio buscando a Karim.
Lo encontré lavando el auto, con las mangas arremangadas, silbando, tan tranquilo como si en esta casa no se estuviera cayendo el mundo.
Y no fue lo único que encontré.
Dos muchachas del servicio, junto a la puerta de la cocina, lo miraban de lejos. Cuchicheaban. Se reían. Una le dio un codazo a la otra cuando Karim se estiró para alcanzar el techo del auto. Las dos suspirando por el chofer como dos gatas al sol.
Y yo, que venía ya con el humor por los suelos, sentí que algo caliente y feo me subía por el pecho.
Celos. Celos absurdos, ridículos, de dos criadas que ni siquiera habían hecho nada. Pero celos al fin.
—Karim. —Llegué más seca de lo que pretendía—. Deja eso. Necesito que me lleves al centro. Ahora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque