LAYLA
Llegamos a la empresa con los diez minutos robados todavía calentándome los labios y el corazón más ligero de lo que había estado en semanas.
—Espérame aquí. —Le dije a Karim, ya con la carpeta en la mano—. Entrego esto y vuelvo enseguida. No tardo.
—Aquí estaré, señorita. —Me sonrió—. Sin moverme.
Entré al edificio, di el nombre de mi padre, y una asistente me acompañó hasta el último piso, hasta la oficina principal. La del dueño.
Un hombre mayor me esperaba detrás de un escritorio enorme. Tendría la edad de mi padre, o más. Me miró de arriba abajo desde que entré, y algo en esa mirada me puso la piel de gallina.
—Buenas tardes. —Me acerqué, cortés—. Soy Layla Al Rashid. Mi padre me pidió entregarle estos documentos.
—Al Rashid. —Se levantó, despacio, sin dejar de mirarme—. Vaya, vaya. —Rodeó el escritorio—. No sabía que el viejo Mansour tuviera una hija. Y mucho menos una hija tan… linda.
—Los documentos. —Se los tendí, incómoda, dando un paso atrás—. Con permiso, tengo que—
—No tan rápido. —Empezó a caminar a mi alrededor, mirándome como quien evalúa un caballo en una feria—. Deja que te vea. Qué desperdicio tenerte encerrada en casa de tu padre. —Sonrió, y se me revolvió el estómago—. ¿Sabes qué? Me gustas. Me gustas mucho. Le voy a decir a Mansour que en lugar de estos contratos, me consiga otro. Uno de matrimonio. Me gustaría que fueras mi esposa.
—¿Perdón?
—Ya me oíste. —Y antes de que pudiera reaccionar, me tomó de la cintura, atrayéndome hacia ese cuerpo enorme que olía a puro y a colonia rancia—. Serías una esposa preciosa.
No lo pensé.
Lo empujé con las dos manos, con toda mi fuerza, y le solté una cachetada que me ardió a mí más que a él.
—¡No me toque! —Le grité, temblando—. ¡No se atreva a volver a tocarme!
Y salí de esa oficina casi corriendo, con la carpeta tirada en su escritorio y el asco subiéndome por la garganta.
Bajé las escaleras a trompicones, me metí al auto y cerré la puerta de un golpe.
—Arranca, Karim. —Me temblaba la voz—. Por favor. Arranca ya. Vámonos.
—¿Señorita? —Karim se giró, alarmado, viéndome la cara—. ¿Qué pasó? ¿Quién le hizo algo? Layla, dígame quién—
—Nada. Vámonos. Por favor.
No me insistió. Arrancó, y manejó de vuelta a casa mirándome por el retrovisor cada pocos segundos, con la mandíbula apretada y las manos tensas en el volante, adivinando, sin que yo se lo dijera, que alguien me había faltado el respeto.
Yo iba en el asiento de atrás, con la frente pegada al vidrio, tratando de borrarme de la piel la sensación de esas manos en mi cintura. Pero no se iba. El asco de ese viejo se me había quedado pegado como una mancha.
En cuanto llegué a casa, subí directo a mi habitación sin saludar a nadie.
Me metí a bañar. Abrí el agua caliente y me quedé bajo el chorro un buen rato, frotándome la cintura donde ese hombre me había puesto las manos, como si pudiera lavar el asco a fuerza de jabón. No se iba del todo, pero al menos el agua me calmó el temblor.
Salí, me sequé, me puse la ropa de dormir. Ya más tranquila. Ya en casa. Ya a salvo.

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