GABI
—No me estaba coqueteando. —Khalid soltó las llaves en la mesa de la entrada—. Gabi, por Dios. Solo fue amable.
—¿Amable? —Cerré la puerta del departamento de un empujón—. ¡Le estaba brillando la cara cuando te hablaba, Khalid! ¡"Ay, qué acento tan bonito, ¿de dónde eres?"! —Le imité la vocecita—. ¡Y tú ahí, sonriéndole como bobo, contándole que eres de Dubái! ¡Le faltó pedirte que le firmaras el escote!
—Le estaba explicando de dónde venía. Es de educación contestar cuando te preguntan.
—Estás en México, mi amor. —Le clavé el dedo en el pecho—. Aquí las cosas son distintas a tu Dubái elegante. Aquí una dama de honor con dos tequilas encima y un extranjero guapo enfrente no está siendo "amable". Está cazando. Y yo conozco a mi gente, ¿eh? Nací aquí.
Khalid me miró un segundo. Y en vez de seguir peleando, hizo lo que hace siempre que quiere desarmarme: se acercó, me tomó la cara con las dos manos, y me besó.
—Tramposo. —Le dije contra la boca, todavía enojada, derritiéndome ya—. No me beses para que se me olvide. Sí me acuerdo que sigo enojada.
—¿Sigues? —Me besó otra vez—. ¿Y ahora?
—…Un poquito menos.
Me dejé abrazar, con la nariz metida en su cuello, en ese olor suyo que me había cruzado medio mundo.
—Soy celosa, ya sé. —Admití, bajito—. Insoportablemente celosa. Pero es que tú no entiendes, Khalid. —Me separé para mirarlo—. Yo te vi durante meses siendo de otra. Te organicé la boda con otra. Te vi entrar del brazo de Yasmín mil veces mientras yo me tragaba las ganas de gritar. Estuve a punto de perderte. Subida a un avión, llorando, convencida de que te ibas a casar con ella y yo no te iba a volver a ver nunca. —Se me quebró la voz—. Y ahora que por fin eres mío, que cruzaste el mundo por mí, no pienso arriesgarte ni tantito. Si tengo que espantarte damas de honor a chanclazos, lo hago. Y si hace falta, te encierro en el departamento con llave y te saco solo para pasear.
Khalid se rió, con esa risa que le nació desde que llegamos aquí, una risa que en Dubái nunca le oí.
—Gabi. —Me tomó las manos—. Escúchame bien, porque te lo voy a decir una vez y quiero que se te quede grabado para siempre. Eres la única mujer a la que amo. La única. No hay dama de honor, no hay ex, no hay nadie. —Me besó los nudillos—. Aunque desfilara Miss Universo entera frente a mí, con corona y banda y todo, no habría una sola que me hiciera dejar de amarte. Dejé un imperio por ti, mujer. Dejé mi apellido, mi país, mi vida entera y me subí a un avión sin saber ni a dónde iba. ¿De verdad crees que después de eso me voy a fijar en una muchacha con dos tequilas?
Se me llenaron los ojos, pero no dejé que se notara mucho.
—Bueno. —Me encogí de hombros, haciéndome la digna—. Con eso me conformo. Por ahora.

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