MARIANA
—Esta blusa te queda divina. Y esta. Y esta otra. —Farida iba amontonando ropa en los brazos de la dependienta como si fuera Navidad—. Y algo para la niña. Y para tu mamá. Vamos, criatura, ni se te ocurra decir que no.
—Farida, es demasiado. —Traté de frenarla—. Ya nos dan techo, comida, protección. No pueden andar además comprándonos ropa.
—Puedo y quiero. —Me guiñó un ojo—. Deja que una vieja sin hijos gaste en alguien. Es de los pocos gustos que me quedan. Anda, pruébate esa azul, que te va a hacer juego con los ojos de Zayed cuando te vea.
No pude decirle que no. A Farida no se le puede decir que no.
Salimos cargadas de bolsas y me llevó a comer a un restaurante bonito, tranquilo, de esos que ella frecuenta.
—Cuéntame de ti, criatura. —Farida partió su pan—. De antes de todo esto. ¿Cómo era tu vida en México?
Y le conté. Le conté de Guadalajara, de cómo me divorcié de Rodrigo con una hija chiquita y sin un peso, de cómo Gabi y yo montamos la empresa de eventos desde la nada, en la sala de mi casa, con una computadora vieja y muchas ganas. De cómo la fuimos levantando fiesta por fiesta, boda por boda, hasta hacerla respetable.
—Eso es admirable, Mariana. —Farida me miró con verdadera admiración—. De verdad. Levantar algo tú sola, siendo mujer, con una hija, sin ayuda de nadie. No cualquiera. —Sonrió—. Se nota que tienes un motor por dentro. Y no hay mayor satisfacción en esta vida que tener un motor. Algo que te empuje a levantarte cada mañana. —Me tomó la mano—. El tuyo es tu hija, se te ve. Todo lo que haces, lo haces por ella.
—Es mi todo. —Sonreí—. Cada cosa que he hecho en la vida ha sido por Valentina.
Farida asintió, despacio, y por un momento se le nubló la mirada.
—Yo no pude tener hijos. —Lo dijo sin drama, pero con un peso viejo—. Lo intenté años. No se pudo. Y en aquella época, criatura, una mujer que no daba hijos no valía nada. —Suspiró—. Pero Nassar nunca me lo reprochó. Ni un día. Me amó igual, sin hijos, sin herederos, contra todo lo que le decían.
—Se nota cuánto la ama.
—Y eso que yo no fui su primer amor. —Sonrió, con una tristeza suave—. Nassar amó a alguien antes que a mí. Una mujer, cuando era joven. La amó con locura, dicen los que lo conocieron de aquella época. Pero un día ella desapareció. Sin más. Se esfumó de su vida y nunca la volvió a encontrar. Nunca supo qué fue de ella, a dónde se fue, si vivía o moría. —Movió la cabeza—. Cargó ese fantasma años. Hasta que me encontró a mí. Y me eligió. Y me ha amado con una intensidad que a veces pienso que es doble: la mía y la que no pudo darle a la que perdió.
—Qué historia. —Me quedé pensando—. ¿Y nunca supo qué pasó con ella?
—Nunca. —Farida se encogió de hombros—. Misterios de la vida. La gente aparece y desaparece, y uno nunca sabe por qué. Lo importante es lo que uno hace con lo que le queda. Y Nassar hizo mucho conmigo, modestia aparte.
Me reí, y ella también.
—Vaya. Qué sorpresa tan agradable.
La voz me heló la sangre antes de voltear. Esa voz la reconocería en medio de una tormenta.
Omar.
Se acercaba a nuestra mesa con su elegancia de siempre, esa sonrisa que a mí ya no me engaña, y del brazo traía a Nadia. Ella caminaba un paso atrás, con unos lentes oscuros grandes que le tapaban media cara, la cabeza un poco gacha.
Se me revolvió todo por dentro. Odio y miedo al mismo tiempo. Odio por lo que ese hombre me hizo, por lo que le hizo a Zayed. Y miedo, porque una parte de mí no ha olvidado lo que se siente estar encerrada en su casa, sin salida.
—No puedo decir lo mismo, Omar. —Me obligué a sostenerle la mirada—. Yo no me alegro nada de verte.

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