NADIA
Decirlo en voz alta me quitó un peso que llevaba meses cargando sola.
—Fue él. —Lo repetí, ya sin los lentes, mirándome en el espejo del baño con Mariana a mi lado—. Omar. Cuando se enoja, cuando algo le sale mal, cuando toma de más… Al principio eran gritos. Después empujones. Ahora… ahora esto. —Me señalé el ojo—. Y siempre me pide perdón al día siguiente. Me trae flores, joyas, me jura que no vuelve a pasar. Y vuelve a pasar. Siempre vuelve a pasar.
—Tienes que dejarlo, Nadia. —Mariana me tomó las manos—. Hoy. Ya. No mañana. Un hombre que te pega una vez, te pega mil. Eso no cambia. No se arregla. Solo empeora.
—No puedo. —Se me quebró la voz—. No es tan fácil, Mariana. Le tengo miedo. Me tiene amenazada. Dice que si lo dejo, si hablo, me hunde, me quita todo, me deja en la calle o algo peor. Tú lo conoces. Tú sabes de lo que es capaz.
—Lo sé mejor que nadie. —Me apretó las manos—. Y por eso mismo no me puedo quedar tranquila, Nadia. Yo te debo mi libertad. Tú me sacaste de esa casa cuando nadie lo iba a hacer. No puedo mirarte a la cara, golpeada, y no hacer nada.
—¿Y qué hago? —Me limpié la lágrima con cuidado, para no correr más el maquillaje—. Dime qué hago. Si lo dejo, mi padre se muere de la vergüenza. Toda la sociedad me va a señalar. "La mujer que abandonó a su marido." Ya me señalaron una vez, cuando se canceló mi boda con Zayed. No aguanto que me señalen otra vez. Prefiero aguantar los golpes en privado que la vergüenza en público.
—No. —Mariana me tomó la cara, con cuidado del lado golpeado—. Escúchame bien, Nadia. No puedes dejar que te destrocen la vida por lo que va a decir la gente. Tu padre, la sociedad, los chismes… nada de eso vale tu cara golpeada. Nada. Tú vales más que la opinión de gente que ni te quiere. —Me miró a los ojos—. Y no estás sola. ¿Me oyes? Si decides salir de ahí, me tienes a mí. A Zayed. A los Nassar. Tienes gente. El día que quieras dar el paso, cuentas conmigo para lo que sea. Búscame. A cualquier hora. Yo te ayudo a salir, como tú me ayudaste a mí.
Me abrazó. Fuerte. Y por un momento, en ese baño, sentí algo que no sentía hacía años.
Que a alguien le importaba lo que me pasara.
—Piénsalo. —Me susurró, antes de soltarme—. Pero no tardes mucho. Estas cosas nunca esperan.
Y se fue.
Volví a la mesa. Omar ya estaba de pie, impaciente, con las llaves en la mano.
—Nos vamos. —Ni me miró—. Ya.
El viaje a casa fue un infierno, como sabía que iba a ser.
—¿Qué tanto hablabas con esa mexicana en el baño? —Manejaba apretando el volante—. ¿Eh? ¿Qué le dijiste? ¿Le fuiste con chismes? Porque si le fuiste con chismes, Nadia, te juro que—
—No le dije nada, Omar.
—Más te vale. —Aceleró, furioso—. Esa mujer es veneno. Todo lo malo que me pasa tiene que ver con ella y con el infeliz de su marido. Y hoy, justo hoy, te la tengo que encontrar en el mismo restaurante. —Golpeó el volante—. Se creen intocables. Se creen que ganaron. Ya van a ver. Ya van a ver los dos.
Yo miraba por la ventana, callada, dejándolo escupir su rabia. Lo conozco. Cuando ve a Mariana, cuando algo le recuerda que Zayed se la quitó, se pone así, imposible, y lo mejor es no darle cuerda.
Llegamos a casa. En cuanto se abrió el portón, me bajé rápido y subí las escaleras.
—Me duele la cabeza. —Le dije, sin voltear—. Me voy a acostar.
Preferí dormir. Preferí encerrarme en la habitación y hundirme en el sueño antes que pasar una noche más aguantándolo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque