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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 149

LAYLA

Llevaba más de una semana durmiendo en los brazos de Karim.

Cada noche era lo mismo, y cada noche era un milagro. Cuando la casa se apagaba, cuando mi padre se encerraba en su ala y los pasillos quedaban en silencio, Karim se infiltraba en mi habitación como una sombra, con cuidado de que nadie lo viera, y se acostaba a mi lado. Y yo, que me había pasado la vida durmiendo sola en esta casa enorme y fría, por fin dormía acompañada. Con su brazo rodeándome, con su corazón bajo mi oído, con esa fragancia suya envolviéndome.

Han sido las noches más felices de toda mi vida. Sin exagerar. Las más felices.

Acariciaba su pecho sobre la camisa, él ya estaba en mi habitación sobre la cama y yo sobre el, escuchando sus historias.

*Toc. Toc. Toc.*

Golpes fuertes en la puerta. La voz de mi padre al otro lado.

—¡Layla! ¡Abre! ¿Por qué tienes la puerta con seguro?

Se me detuvo el corazón.

—¡Un momento, padre! —Me incorporé de un salto—. ¡Ya voy!

Karim ya estaba de pie, descalzo, moviéndose rápido y silencioso. Le señalé el baño con la mano, aterrada, y él se metió, cerrando la puerta despacio, sin un ruido.

Respiré hondo, me acomodé la ropa de dormir, revisé que no quedara nada de él a la vista, y abrí.

Mi padre entró como una tormenta, con el bastón y la cara descompuesta.

Por un segundo horrible pensé que lo sabía. Que había descubierto a Karim. Que venía a matarnos a los dos.

—¿Por qué cierras tu puerta con seguro? —Recorrió la habitación con la mirada—. En esta casa las puertas no se cierran. Yo soy el dueño de cada cuarto, incluido el tuyo. ¿Qué escondes que necesitas encerrarte?

—Nada, padre. —Mantuve la voz firme, aunque por dentro temblaba—. Estaba a punto de dormir, nada más. Una mujer tiene derecho a cerrar su puerta para descansar tranquila.

Mi padre me miró un momento, receloso. Pero no fue al baño. No revisó. Solo vino a lo que venía.

—Ya está todo arreglado. —Se irguió—. La boda es en una semana. Algo íntimo para que prenda no arruine esto. En siete días te conviertes en la esposa de mi socio.

—No. —Se me escapó, antes de pensarlo—. Padre, por favor. No quiero casarme con ese hombre. Es un anciano. Me repugna. Le tengo asco. No me obligue a—

—No me interesa lo que quieras. —Su voz cortó el aire—. Ya te lo dije una vez y no lo voy a repetir. Esta boda va, quieras o no. Y ahora más que nunca la necesito. —Bajó la voz, con esa frialdad calculadora—. Con los problemas que hay, con las investigaciones que andan husmeando, necesito amistades poderosas. Gente del gobierno. Y mi socio tiene esos contactos. Esa boda me compra protección, Layla. Me compra tranquilidad. Así que te vas a casar con él, y te vas a portar como una hija obediente por una vez en tu vida, y no vas a arruinarme esto como tus hermanos arruinaron lo suyo. ¿Me oíste bien? No me lo arruines.

Se dio la vuelta hacia la puerta.

—Descansa. —Dijo, seco—. Vas a necesitar estar guapa para tu boda.

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