LAYLA
Me despertó un sonido que conozco de memoria.
El golpe seco de un bastón contra el piso.
Abrí los ojos, todavía media dormida, con el cuerpo tibio pegado al de Karim y la sábana enredada en las piernas. Y por un instante no entendí. Hasta que enfoqué la figura de pie a los pies de mi cama, en la penumbra del amanecer.
Mi padre.
De pie. Mirándonos. A mí, a Karim, a la cama, a todo.
El pánico me subió como hielo por la espalda.
La puerta. La puerta que después de que él salió no volví a poner con seguro. Se me olvidó. En medio del beso, del amor, de todo, se me olvidó la única cosa que nos protegía.
Y ahora estaba ahí, viéndonos. A los dos. Juntos. En mi cama.
—Karim. —Le sacudí el hombro, con la voz ahogada de terror—. Karim, despierta. Despierta.
Karim abrió los ojos, me vio la cara, y siguió mi mirada hasta mi padre. Y vi el momento exacto en que entendió. Cómo se le heló todo el cuerpo. Cómo la sangre se le fue de la cara.
Nos habían descubierto.
Detrás de mi padre había dos hombres. Dos de sus hombres, grandes, callados, esperando órdenes en la puerta.
Me cubrí con la sábana, temblando, y traté de hablar.
—Padre, yo… déjame explicarte, no es lo que—
—No hace falta que expliques nada, hija. —Su voz salió extrañamente calmada, y eso me dio más miedo que cualquier grito—. Ya entiendo todo lo que pasó aquí. —Miró a Karim con desprecio absoluto—. Este chofer, este sirviente, se aprovechó de ti. Te manipuló, te llenó la cabeza de mentiras, se metió en tu cuarto, abusó de tu inocencia. Tú eres la víctima, Layla. Una niña engañada por un hombre sin escrúpulos que quiso deshonrarte para trepar. —Apretó el bastón—. Y cuando un hombre deshonra así a una mujer de esta familia, hay una sola cosa que merece.
Se me heló la sangre.
—La muerte.
—¡No! —Me senté de golpe, aferrada a la sábana—. ¡No, padre, escúchame! ¡Karim no me manipuló! ¡No me engañó! ¡Yo estuve de acuerdo! ¡Yo lo elegí, yo lo busqué, yo quise estar con él! ¡No fui víctima de nada! ¡Si vas a culpar a alguien, cúlpame a mí, porque yo también quise esto!
—Cállate. —Ni me miró—. No sabes lo que dices. Estás confundida. Él te confundió. —Hizo una seña a los dos hombres—. Sáquenlo.
—¡NO!
Los dos hombres cruzaron la habitación y agarraron a Karim, arrancándolo de la cama. Él alcanzó a ponerse los pantalones, forcejeó, tumbó a uno, pero el otro le cayó encima y entre los dos lo dominaron.
—¡Suéltenlo! —Grité, saltando de la cama envuelta en la sábana—. ¡No le hagan nada! ¡Padre, por favor, te lo suplico, no le hagas daño! ¡Haz lo que quieras conmigo, cásame con quien quieras, pero a él no le hagas nada!
—Voy a encargarme de borrar tu error. —Mi padre me miró, frío como una piedra—. Personalmente. Cuando termine con él, no va a quedar nada que te recuerde este momento de debilidad. Y tú te vas a casar la semana que viene como si esto nunca hubiera pasado.

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