MARIANA
—¿Ya vienes de regreso, hija?
La voz de mi madre sonó tan normal, tan cotidiana, como si el mundo no se hubiera volteado de cabeza en los últimos tres días. Cerré los ojos un segundo antes de responder.
—Todavía no, mamá.
—¿Cuándo?
—Quizá un mes más. Me fue muy bien con el evento y me pidieron quedarme para preparar otros proyectos. Es una oportunidad enorme. —Las mentiras salían solas, lo cual era preocupante.
—Mariana...
—Mamá, mira. —Cambié a videollamada y giré la cámara hacia la habitación. Las paredes doradas. Los ventanales enormes. Las flores frescas sobre el tocador—. ¿Ves esto? Si algo estuviera mal, ¿estaría en un lugar así?
Escuché a mi madre suspirar al otro lado.
—Supongo que no.
—Cuida a Valentina mientras estoy fuera. Por favor. —Tragué saliva intentando mantener la voz tranquila.
—Siempre la cuido. Es mi nieta. Pero Mariana, cualquier cosa que pase me dices. Lo que sea. ¿Entendiste?
No. Para nada. Estoy a punto de casarme con un hombre que da órdenes como respira y que hace tres días me hacía sentir cosas que no sentía en años.
—Entendido, mamá. Te quiero.
—Yo también, hija. Cuídate mucho.
Colgué. Me quedé mirando la pantalla apagada varios segundos y después me lancé de espaldas sobre la cama. Los tres vestidos de novia amortiguaron la caída y me quedé ahí, rodeada de encaje y tul y seda blanca, mirando el techo del palacio que en menos de veinticuatro horas sería mi casa.
Mi vida cambió en tres días. Tres días. Entré a la habitación equivocada y todo tomó otra dirección.
Tomé el vestido del centro y lo sostuve sobre mí mirando el techo. Ridículamente hermoso para una boda ridículamente falsa. Solté el aire, tomé el teléfono y empecé a llamar proveedores.
Trabajé hasta la madrugada. Floristas, fotógrafos, cocina, música, protocolo. Todo lo que ya estaba organizado necesitaba ajustes. Cambios de nombre. Modificaciones de último momento. Nadie preguntó demasiado porque el apellido Al Rashid abría puertas sin necesidad de explicaciones. A las dos de la mañana cerré el teléfono y me dormí entre los vestidos de novia con el maquillaje puesto y los zapatos todavía en la mano.
Completamente genial, Mariana.
La puerta se abrió antes de que el sol terminara de salir. Layla entró sonriente y perfectamente arreglada con una energía que a esa hora resultaba casi ofensiva. Detrás de ella cinco mujeres cargaban bolsas, cajas y algo que olía a flores frescas. Me incorporé en la cama con el cabello desastreado y el rímel corrido.
—¿Qué hora es?
—Las seis. Tu boda es a las once —respondió Layla con esa calma que empezaba a parecerme sobrehumana.
Las mujeres se dispersaron por la habitación con una eficiencia que me recordó dolorosamente a mi propio equipo. Dos fueron directo al baño y abrieron llaves.
—Puedo bañarme sola —dije antes de que alguien me lo propusiera.

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