KARIM
Desde el piso del sótano, el mundo se reducía a dos pares de zapatos que me pateaban y a un tercer par, quieto, junto a un bastón.
Los zapatos de Mansour Al Rashid.
Cada golpe me sacaba el aire. Me cubría la cabeza como podía, encogido, escupiendo sangre sobre el piso frío. Y desde ahí abajo, medio ciego por la hinchazón, solo veía esos zapatos lustrados y la punta de ese bastón, quietos, tranquilos, mientras sus perros me deshacían a patadas.
*Maldito seas, viejo,* pensé, apretando los dientes. *Maldito seas mil veces. Golpéame, mátame si quieres. Pero a ella no le vas a quitar lo que sintió. Eso ya es suyo. Eso ya no me lo quita nadie.*
—Mírate. —La voz de Mansour caía sobre mí desde arriba, con asco—. Un chofer. Un muerto de hambre. Un don nadie que ni casa tiene. ¿Y te atreviste a poner tus manos sucias sobre mi hija? ¿A meterte en su cama, tú, un sirviente, escoria, basura de clase baja? —El bastón me picó el hombro—. Layla es una Al Rashid. Y tú no eres nada. Nada. Lo que hiciste se paga con la vida, perro. Y yo mismo voy a cobrártela.
Cerré los ojos, esperando el siguiente golpe.
Y en vez del golpe, oí una voz que me heló y me salvó al mismo tiempo.
—¡DETÉNGANSE!
Los golpes pararon en seco.
Mi tío Hassan bajó las escaleras del sótano como una tromba, se metió entre los dos hombres y yo, y se plantó sobre mi cuerpo, protegiéndome con el suyo.
—Hassan. —Mansour lo miró, molesto—. Apártate. Esto no es asunto tuyo.
—Es mi sobrino. —Hassan no se movió—. Claro que es asunto mío.
—Te tengo aprecio, Hassan. Cuarenta años a mi servicio, eres lo más parecido a un amigo que tengo. Por eso te lo pido una vez: quítate. A ti te respeto. A este —señaló con el bastón— no. Deshonró a mi hija. Se metió en su cama como una rata. Y va a morir por eso. Apártate y déjame hacer lo que tengo que hacer.
—Si lo van a seguir golpeando —Hassan abrió los brazos, cubriéndome—, van a tener que golpearme a mí primero. Si lo van a matar, me matan a mí también. No me voy a quitar, Mansour. Ni aunque me lo ordenes. Ni aunque me despidas. Ni aunque me mates.
Se hizo un silencio en el sótano. Yo, desde el piso, veía la espalda de mi tío temblando de rabia y de miedo, pero firme como una pared.
Mansour lo miró largo rato. Y algo en él, quizá esos cuarenta años, quizá el cansancio, lo hizo ceder un poco.
—Está bien. —Bajó el bastón—. Voy a hacer algo que no hago nunca, Hassan. Por ti. Solo por ti. —Miró su reloj—. Le doy doce horas. Doce. Que se largue, que se esconda, que desaparezca de Dubái, del emirato, del mundo si quiere. Pero óyeme bien: pasadas las doce horas, si lo encuentro, lo mato. Y si se acerca a mi hija, aunque sea una vez, aunque sea de lejos, lo mato sin doce horas ni nada. —Se giró hacia Hassan—. Y tú te vas a encargar de que este perro nunca, nunca, vuelva a acercarse a Layla. Es tu responsabilidad. Si él la busca, la culpa cae sobre ti. ¿Entendido?
—Entendido. —Hassan asintió, con la mandíbula apretada—. Le doy mi palabra. No se va a acercar a ella.

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