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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 152

KARIM

—¿En qué estabas pensando, Karim? —Golpeó el volante—. ¿Cómo se te ocurre meterte con la hija del patrón? ¡Con Layla Al Rashid! ¿No mediste las consecuencias? ¡Casi te matan por eso! ¡Casi te mata Mansour con sus propias manos!

—No me metí con ella, tío. —Hablé como pude, con el labio partido—. No fue un capricho, ni querer trepar. —Tragué sangre—. La amo. Amo a Layla, y ella me ama a mí. Con todo lo imposible que suena, es la verdad. Nos enamoramos. Y no me arrepiento de nada, aunque me cueste la vida.

Hassan se quedó callado un momento, apretando el volante.

—Ay, muchacho. —Toda la rabia se le convirtió en tristeza—. Te fuiste a enamorar de la única mujer que te tenía prohibida. Y ahora ese hombre te quiere muerto, y yo no tengo cómo protegerte. No tengo dinero, ni poder, ni nada. Soy un chofer, igual que tú. Contra Mansour Al Rashid, tú y yo no somos nadie.

—Entonces déjame volver por ella. —Me enderecé, con las costillas ardiendo—. Si me van a matar de todos modos, que sea sacándola de esa casa.

—No. —Hassan aceleró—. Hay otra forma. Una que llevo treinta y cinco años evitando. Pero se acabó. Hoy la voy a usar.

—¿De qué hablas, tío? —Lo miré—. ¿Qué forma?

Hassan respiró hondo, como quien se prepara para saltar de un edificio.

—Tengo que contarte algo, Karim. —Su voz cambió—. Algo que le juré a tu madre que me llevaría a la tumba. —Apretó las manos—. Tu madre era mi hermana menor. Amira. La mujer más hermosa y más orgullosa que conocí. Éramos pobres. Y de joven, ella se enamoró de un hombre. Un hombre rico, de buena familia, heredero de una fortuna.

—¿Mi padre? —Se me detuvo el corazón—. Tú dijiste que mi padre murió antes de que yo naciera.

—Te mentí. —Hassan me miró de reojo, con culpa—. Te mentí toda tu vida. Tu padre no murió, Karim. Tu padre no supo jamás que existías. —Volvió la vista al camino—. La familia de él no aceptaba a mi hermana. Una sirvienta, hermana de un chofer, sin apellido. Lo amenazaron con desheredarlo si se casaba con ella. Y él dudó. Unos días nada más, pero dudó. Y en esos días, mi hermana descubrió que estaba embarazada de ti.

Me quedé sin aire.

—Era demasiado orgullosa. —Siguió Hassan—. No quiso ser la carga que le arruinara la vida, ni que se casara con ella por obligación. Así que desapareció. Se fue lejos, sin decirle nada. Él nunca supo del embarazo. Para él, mi hermana simplemente se esfumó.

—Te crió sola los primeros años. —A Hassan se le quebró la voz—. Cuando supo que se moría, me llamó. Me hizo jurar dos cosas: que te criaría como mi hijo, y que jamás buscaría a tu padre; que él ya habría hecho su vida y no era justo arruinársela con un hijo. —Suspiró—. Y cumplí. Mi esposa y yo te criamos como si fueras nuestro. Y cuando ella murió, tú te quedaste como mi única familia en este mundo. Por eso no puedo dejar que Mansour te mate, Karim. No puedo perderte a ti también.

—¿Y quién es? —Apenas me salió la voz—. Mi padre. ¿Quién es?

Hassan tardó en contestar.

—Es un hombre bueno. —Dijo al fin—. Rico. Poderoso. De los pocos hombres en todo Dubái con el peso suficiente para pararle los pies a Mansour Al Rashid. Yo no lo conozco de trato, solo de vista, de haberlo cruzado alguna vez. Pero sé quién es. Y sé que es el único que puede salvarte la vida. —Me miró—. Por eso rompí mi promesa. Porque prefiero faltarle a mi hermana muerta que enterrar a su hijo.

Y en ese momento, el auto cruzó un portón que yo conocía.

Un portón que había cruzado antes. La casa donde estaban refugiados el señor Zayed y la señora Mariana.

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