ZAYED
La reunión terminó mejor de lo que esperaba.
Los socios de Nassar —hombres de negocios de peso, de esos que mueven medio emirato con una llamada— nos escucharon toda la mañana, revisaron los números de nuestra empresa nueva, hicieron preguntas filosas, y al final varios levantaron la mano para entrar. Salimos de esa sala con compromisos firmados que, hacía apenas unas semanas, cuando mi padre me tenía contra las cuerdas, habrían sido impensables.
—Le tienen una admiración enorme, Nassar. —Le dije, mientras recogíamos los papeles—. Esos hombres. Lo respetan de verdad. Cuando usted habla, todos callan y escuchan.
—Cuarenta años de no mentirle a nadie, muchacho. —Nassar guardó su pluma—. Esa es toda mi fórmula. En este mundo, la palabra de un hombre vale más que su fortuna. Yo puedo perder dinero mañana, pero mientras mi palabra siga limpia, siempre me van a volver a prestar. Tu padre nunca entendió eso. Él manda por miedo. Yo mando por respeto. Y el respeto dura más.
Guardamos todo y caminamos hacia el ascensor.
—¿Cómo se siente? —Le pregunté, ya más en confianza—. Con todo esto de Karim. Con lo de ayer. Enterarse así, de un día para otro, que tiene un hijo. Debe ser… mucho.
Nassar tardó en contestar. Apretó el maletín.
—Es lo más grande que me ha pasado en la vida. —Dijo al fin—. Y también lo que más rabia me da. Las dos cosas al mismo tiempo. —Suspiró—. Estoy emocionado, Zayed. No tienes idea. Toda mi vida quise un hijo, y de repente lo tengo, ya hecho un hombre, y bueno, además. Un muchacho noble, trabajador, que se enamoró de tu hermana cuando no tenía nada que ofrecerle. Estoy orgulloso de él y ni siquiera lo conozco bien todavía.
—¿Y la rabia?
—Por todo lo que no viví. —Se le endureció la voz—. Treinta y cinco años, Zayed. Treinta y cinco años en que mi hijo creció sin mí. Pobre. Trabajando de chofer, cargando maletas, aguantando desprecios como el que le hizo tu padre, cuando pudo haber tenido la mejor educación, la mejor vida, todo. Me perdí sus primeros pasos, su niñez, su juventud entera. Y no por gusto, sino porque a la madre la orillaron a huir. —Negó con la cabeza—. Eso no me lo devuelve nadie. Pero te juro una cosa: lo que le queda de vida, mi hijo lo va a vivir como lo que es. Un heredero. Un hombre de éxito. Me voy a encargar personalmente de que Karim tenga todo lo que le robaron. Todo.
—Se lo merece. —Asentí—. Es un buen hombre. De los mejores que conozco.
Llegamos al ascensor. Presioné el botón.
—Nassar. —Bajé la voz mientras esperábamos—. Le voy a ser sincero. Hay algo que no me deja dormir. Mi hermana. Layla. Sigue en esa casa, con mi padre, y con esa boda encima. Cada hora que pasa me la imagino ahí, sola, esperando que la casen con ese viejo. No aguanto la idea, Nassar. Tenemos que sacarla.
—Ya está en marcha. —Nassar me puso una mano en el hombro, mientras se abrían las puertas—. Confía en mí. Tengo gente moviéndose desde anoche. Abogados, contactos, un par de favores que voy a cobrar. No voy a permitir que casen a Layla contra su voluntad, y no voy a permitir que mi hijo se quede sin la mujer que ama. Te doy mi palabra: Karim y Layla van a estar juntos en el menor tiempo posible. Muy pronto. Solo dame unos días para hacerlo bien, sin que nadie salga herido.
—Gracias. —Sentí que se me aflojaba un poco el nudo del pecho—. De verdad. Gracias por todo lo que está haciendo por mi familia.
—Tu familia y la mía ya son la misma, muchacho. —Sonrió, entrando al ascensor—. Nos une el amor, y nos une un enemigo. Con eso basta.
Bajamos los pisos hablando de la empresa, de los planes, del futuro. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que las cosas empezaban a acomodarse.
Duró exactamente hasta que se abrieron las puertas en la planta baja.
El vestíbulo del edificio estaba lleno de policías.

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