MARIANA
Entré al salón y me detuve un segundo. Lo que había frente a mí era exactamente lo que yo había diseñado y verlo completo, funcionando, perfecto, me golpeó de una manera que no esperaba. Las flores blancas y doradas enmarcando el pasillo central. Las telas cayendo desde el techo como cascadas de seda. Las velas encendidas aunque fuera de día. Los invitados de pie, girados hacia mí.
Mi trabajo. Mi boda. Dios mío.
Respiré hondo y empecé a caminar.
Al fondo del salón, girándose despacio cuando escuchó la música, estaba Zayed. Traje blanco roto con bordados dorados en el cuello y los puños. La tela cayendo perfecta sobre sus hombros. El cabello peinado hacia atrás. Esos ojos negros encontrando los míos desde la distancia con una expresión que no revelaba absolutamente nada.
El mismo hombre de la suite 3901. Completamente distinto.
Llegué hasta donde estaba. Nos miramos un segundo sin decir nada. Sus ojos bajaron apenas al vestido y después volvieron a los míos. No dijo nada. Pero algo en su expresión cambió tan rápido que casi no lo vi.
El oficiante comenzó a hablar con una voz tranquila que llenó el salón entero.
—Nos reunimos hoy para ser testigos de la unión entre Zayed Al Rashid y Mariana Ríos. En nuestra tradición, el matrimonio no es solo un contrato entre dos personas. Es un compromiso sagrado. Un pacto de respeto, de protección y de construcción mutua. —Hizo una pausa—. Antes de continuar debo asegurarme de que ambos están aquí por voluntad propia. Porque el matrimonio en nuestra cultura no puede existir sin el consentimiento libre de quienes lo forman.
Sentí la mirada de Zayed sobre mí.
No me moví. No dije nada. Técnicamente yo había firmado este contrato. Técnicamente esto era mi decisión. Técnicamente.
El oficiante asintió satisfecho y continuó.
—Zayed Al Rashid. —El officiante giró hacia él—. ¿Acepta usted tomar a Mariana Ríos como su esposa? ¿Se compromete a protegerla, a respetarla y a honrar este vínculo con integridad?
Zayed no dudó ni un segundo.
—Acepto. —Su voz salió firme y baja, con esa calma que parecía venir instalada de fábrica—. Me comprometo a protegerla y a respetar este vínculo mientras dure.
Mientras dure. Dos palabras que nadie más en el salón notó pero que yo escuché perfectamente.
El officiante se giró hacia mí.
—Mariana Ríos. ¿Acepta usted tomar a Zayed Al Rashid como su esposo? ¿Se compromete a acompañarlo, a respetarlo y a honrar este vínculo con integridad?
Respiré hondo.


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