MARIANA
Zayed salió de la cárcel y yo lo estaba esperando en la puerta.
Los abogados de Nassar habían hecho lo imposible. Con la prueba de que su nombre fue añadido al expediente después de la denuncia original, y los peritajes que demostraban la manipulación, un juez le concedió la libertad bajo fianza mientras se investigaba el caso. No era la libertad completa —el proceso seguía abierto—, pero era salir. Era volver a casa. Por ahora, suficiente.
Cuando lo vi cruzar esa puerta, más delgado, con la barba de días y ojeras, pero con la cabeza en alto, no me aguanté. Corrí y me le colgué del cuello.
—Ya pasó. —Me apretó contra él, hundiendo la cara en mi pelo—. Ya estoy aquí. Ya pasó, mi amor.
—No tienes idea de lo que sufrí verte ahí encerrado. No quiero que regreses a ese lugar.
—No regresaré.
En el auto, camino a casa de los Nassar, Zayed me contó todo. La visita de su padre a la cárcel. La confesión susurrada, imposible de probar. La amenaza contra Nassar.
—Es él, Mariana. —Apretó los puños sobre las rodillas—. No hay ninguna duda. Mi padre plantó las pruebas, mi padre me metió preso, mi padre me lo dijo en la cara.
—Nassar tiene un plan. —Le tomé la mano—. No sé todos los detalles, pero lo tiene. Algo grande. Con Karim.
—Lo sé. —Zayed asintió—. Y ahora que estoy fuera, voy a ayudarlo a ejecutarlo. Esto se acaba, Mariana. De una forma o de otra, esto se acaba pronto. Necesitamos salvar a Leyla, a todos en esa casa.
Le apreté la mano, y me guardé para más tarde la otra noticia. La que llevaba días guardándome, entre el miedo y la esperanza, esperando el momento adecuado. No era el momento, todavía. Zayed acababa de salir de la cárcel. Primero, que respirara. Primero, que llegáramos a casa.
Cuando el auto entró por el portón de los Nassar, había gente esperándonos en la puerta.
Carmen, con Valentina en brazos, que en cuanto vio a Zayed empezó a gritar "¡el señor de los naranjos!" y a patalear para que la bajaran. Farida y Nassar, sonrientes. Karim, todavía con marcas de los golpes pero de pie. Y dos personas más que yo no esperaba, que hicieron que se me detuviera el corazón de la emoción.
—¿Gabi? —Bajé del auto sin creerlo—. ¿GABI?
—¡AMIGA!

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