ZAYED
Esa noche, cuando por fin se apagó la casa, me acosté en nuestra cama con Mariana y sentí, por primera vez en días, que respiraba.
Una cama de verdad. Sábanas limpias. El cuerpo de mi esposa a mi lado en vez del catre frío de una celda. Valentina dormía en el cuarto de al lado. Del otro lado del pasillo, mi hermano había vuelto. La casa entera dormía protegida tras los muros de Nassar. Después de tantos meses de guerra, esa noche, aunque fuera solo esa noche, teníamos paz.
—Zayed. —Mariana se acurrucó contra mi pecho, y sentí que algo en su voz temblaba—. Tengo que decirte una cosa. Llevo días guardándomela. Esperando a que salieras, a que estuvieras en casa, a que fuera el momento.
—¿Qué pasa? —Me incorporé un poco, preocupado—. ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
—No, no es nada malo. —Se rió, nerviosa, y le vi los ojos brillar en la penumbra—. Al contrario. Es lo único bueno que ha pasado en medio de todo este infierno.
Se sentó en la cama, frente a mí, y me tomó las dos manos.
—Zayed. —Respiró hondo—. Estoy embarazada.
El mundo se detuvo.
Por un segundo no entendí las palabras. Las oí, pero no las entendí, como si me las hubieran dicho en un idioma que apenas conozco. Embarazada. Mariana. Un hijo.
—¿Qué… qué dijiste? —Apenas me salió la voz.
—Que vamos a tener un bebé. —Se le quebró la voz, entre la risa y las lágrimas—. Tú y yo. Me hice la prueba hace días, mientras estabas preso. No te lo dije antes porque no quería darte esa noticia por teléfono, ni en una sala de visitas, con guardias mirando. Quería decírtela así. En nuestra cama. Contigo aquí, libre, conmigo. —Me apretó las manos—. Vamos a ser papás, Zayed.
Y entonces sí lo entendí.
Se me llenaron los ojos de golpe. Yo, que no lloré en la cárcel, que no me quebré cuando mi padre me humilló, que aguanté los golpes de Omar sin una lágrima, me deshice ahí, en esa cama, con las manos de mi esposa entre las mías.
Un hijo.
En medio de todo. Del destierro, de la cárcel, de la guerra con mi padre, de un futuro incierto. En medio de toda esa oscuridad, la vida se abría paso. Un hijo mío y de Mariana. Una vida nueva, hecha por nosotros, contra todo pronóstico.
—Un hijo. —Le solté las manos y le tomé la cara—. Vamos a tener un hijo.

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