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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 163

LAYLA

Corrí con el vestido de novia arrastrándose sobre el césped, tropezando, con el corazón en la garganta.

Aguanté hasta el último momento. Pero cuando esa mañana me metieron en el vestido, cuando me pintaron y me peinaron para entregarme a un hombre que ni siquiera había dado la cara, cuando entendí que en una hora iba a estar casada con un desconocido sin nombre… el pánico pudo más que la fe.

No podía. Simplemente no podía. Prefería morir corriendo que dejar que mi padre me vendiera otra vez.

Así que me escapé por la puerta del jardín, en pleno vestido de novia, sin plan, sin destino, solo con las ganas locas de no llegar a ese altar.

Y en la carrera, con el tacón enredado en la tela, me caí.

Caí de rodillas sobre el césped, con las manos en la tierra, y frente a mí, de pronto, un par de zapatos de hombre. Lustrados. Elegantes.

Levanté la vista.

—¿Zayed? ¡Zayed! —Me levanté y me le colgué del cuello, sin poder creerlo—. ¡Estás aquí! ¡Saliste de la cárcel! ¡Viniste! —Lloré de alivio contra su pecho—. Sabía que vendrías. Viniste a salvarme, ¿verdad? Sácame de aquí, hermano, por favor, sácame antes de que—

—Layla. —Zayed me tomó de los hombros, con una calma extraña—. Espera. ¿Qué haces corriendo así, vestida de novia?

—¡Me van a casar! —Le agarré las solapas—. Con un desconocido, Zayed. El protegido de Nassar, un hombre que ni cara me ha dado. Nuestro padre me vendió otra vez, como siempre, y yo no puedo, no puedo casarme con un fantasma, prefiero huir, prefiero cualquier cosa—

—Regresa a la casa, Layla. —Zayed lo dijo con firmeza, mirándome a los ojos—. Regresa. Tienes que casarte.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Que regreses. Que te cases.

—No. —Me solté de él, retrocediendo—. No, Zayed, tú no. Tú no me puedes pedir eso. Tú, que te enfrentaste a nuestro padre por amor, que lo perdiste todo por no dejarte obligar. ¿Y ahora me pides que yo sí me deje casar a la fuerza, con un desconocido, como una cosa? —Se me llenaron los ojos—. No puedo hacer lo mismo que hace nuestro padre. No puedo dejar que me obliguen. Creí que tú, más que nadie, lo entenderías.

Zayed me miró un largo momento. Y en vez de contestar mis reproches, hizo algo raro.

Sonrió.

Me tomó la cara con las dos manos y me besó la frente, despacio, como cuando éramos niños.

—Confía en mí, Layla. —Me habló bajito, con una ternura que no entendí—. Regresa a esa casa. Cásate. Y no le digas a nadie, a nadie, que me viste aquí. Que no sepan que estoy en esta casa. ¿Me entiendes?

—No. —Negué con la cabeza, perdida—. No entiendo nada, Zayed. ¿Por qué me pides que me case? ¿Por qué te escondes?

—Porque hoy todo va a estar bien. —Me limpió una lágrima con el pulgar—. Te lo juro por lo que más quieras. Solo tienes que hacer una cosa: obedecerme. Por una vez en tu vida, hermanita, confía en mí y obedéceme sin preguntar. Regresa. Camina hacia ese altar. Y ten fe.

No entendía. No entendía nada.

Pero era Zayed. Mi hermano. El que nunca me había fallado.

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