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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 164

LAYLA

Karim caminó hacia mí del brazo de Nassar, y yo, que había llegado a ese altar temblando de miedo, empecé a temblar de otra cosa.

De felicidad.

Estaba vivo. Estaba entero. Y venía hacia mí, vestido de novio, con esos ojos suyos clavados en los míos, sonriéndome como solo él sabe sonreírme. No entendía cómo, no entendía por qué, no entendía nada. Pero lo tenía enfrente. Y con eso me bastaba.

Cuando llegó a mi lado, me tomó la mano. Y su mano cálida, firme, apretando la mía, me devolvió el alma al cuerpo.

—Estas aquí, estás vivo. —Le susurré, con los ojos llenos.

—Estoy aquí, para casarme contigo.

Y estábamos ahí, tomados de la mano frente al juez, a punto de empezar, cuando la voz de mi padre rompió el momento.

—Un momento. —Mansour dio un paso adelante, con la cara descompuesta—. ¿Qué es esto? ¿Es una broma?

Mi padre miraba a Karim como si hubiera visto a un muerto. Y en cierto modo, así era. Porque el hombre que él creyó eliminar, el chofer que mandó golpear y sacar a rastras, estaba ahí, de traje, tomándome de la mano frente a todo Dubái.

—Tú. —Le señaló, temblando de rabia—. Tú eres el chofer. El perro que se metió en la cama de mi hija. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a poner un pie en mi casa? —Se giró hacia Nassar, furioso—. ¿Este es tu ahijado? ¿Este muerto de hambre? ¿Te burlaste de mí, Nassar?

Tronó los dedos.

De las esquinas del salón, dos de sus hombres se acercaron, listos para lanzarse sobre Karim.

Se me heló la sangre. Le apreté la mano a Karim, pero él no se movió. No tembló. Se quedó ahí, tranquilo, erguido, como un hombre que ya no le teme a nada.

—No te atrevas. —Nassar se plantó delante de Karim, y su voz, aunque serena, cayó sobre el salón como una losa—. No te atrevas a ponerle un solo dedo encima a mi hijo.

Se hizo un silencio de muerte.

—¿Tu hijo? —Mi padre soltó una risa incrédula—. Tú no tienes hijos, Nassar. Todo el mundo lo sabe. Ese es un chofer cualquiera. Un don nadie que—

—Es mi hijo. —Nassar lo dijo alto, claro, para que lo oyera cada invitado del salón—. Mi hijo de sangre. El hijo que no supe que tenía durante treinta y cinco años. El hijo de la única mujer que amé antes que a mi esposa. —Miró a Mansour con un desprecio glacial—. El mismo joven al que tú, Mansour Al Rashid, mandaste golpear casi hasta matarlo. A mi hijo. Y todavía no te he cobrado esa cuenta.

El salón entero contuvo el aliento. Los invitados —lo más granado de Dubái, socios, jueces, empresarios— miraban, escuchaban, grababan con los ojos cada palabra. Y yo vi cómo mi padre, por primera vez en mi vida, se dio cuenta de que había perdido el control de la situación delante de toda la gente que más le importaba impresionar.

Capítulo 164: El sí 1

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