ZAYED
Llegamos al hospital con Kahlid.
Ahí estaba mi padre, con la pierna vendada —la herida que él mismo se hizo para montar su farsa de víctima—, viendo la televisión como si no hubiera matado a un hombre dos noches antes. Como si fuera de verdad el pobre anciano atacado en su casa.
Entramos Khalid y yo. Levantó la vista, y en cuanto nos reconoció, sonrió con desprecio.
—Vaya. —Bajó el volumen—. Mis hijos. Los que no fueron capaces de venir a ver a su padre herido, pero aquí están ahora. ¿A qué? ¿A darme el pésame? ¿A fingir que les importo? —Soltó una risa seca—. Guárdense su lástima. No la necesito. Nunca la he necesitado.
—No venimos a darte lástima. —Me acerqué a la cama, sin una gota de miedo—. No vine por saludos cordiales, ni a fingir nada. Vine a decirte a la cara lo que sé.
—Sabemos todo, padre. —Puse las manos en la baranda de la cama—. Tus negocios sucios, el lavado, las empresas fantasma. Todo lo que hacías con Omar, con tu firma junto a la suya. Sabemos que el jefe de esa red eras tú, no Omar. Que él solo ponía la cara. —Bajé la voz—. Y sabemos que tú lo mataste. Que no fue defensa propia, que lo callaste porque sabía demasiado. Hasta te clavaste su cuchillo para dar lástima. Te conozco perfectamente.
La sonrisa se le borró un segundo. Solo un segundo. Después volvió a componerse, frío como siempre.
—Salgan de mi habitación. —Su voz se endureció—. No tienen ninguna prueba. Y aunque la tuvieran, ¿saben con quién hablan? Yo soy Mansour Al Rashid. A mí no me toca nadie. —Nos miró con ese desprecio de siempre—. Y se van a arrepentir. De haber elegido a esas mexicanas en lugar de obedecerme. Unas arribistas, unas cazafortunas. El día que empiecen a estorbarles, van a renunciar a ellas y van a recordar que su padre tenía razón.
Algo se me encendió en el pecho. Pero no grité. Al contrario. Le hablé con una calma que lo hizo callar.
—¿Sabes lo que yo nunca voy a hacer, padre? —Lo miré fijo—. Nunca voy a renunciar a la mujer que amo. Y jamás, óyeme bien, jamás voy a matarla cuando me estorbe. Como hiciste tú con mi madre.
El silencio cayó sobre la habitación como una piedra.
—Lo sé todo. —Seguí, sin bajar la mirada—. Sé lo del accidente. Sé que el auto estaba saboteado. Sé que durante veintitrés años me dejaste creer que yo la había matado, que fue mi culpa por no saber manejar, cuando tú tenías el peritaje guardado bajo llave. El peritaje que probaba que alguien manipuló ese auto a propósito. —Se me quebró apenas la voz, pero no me detuve—. No fui yo quien mató a mi madre. Fuiste tú. Porque ella quería dejarte. Porque no soportaste que se atreviera a abandonarte.
Y entonces mi padre hizo lo que yo, en el fondo, todavía rezaba por que no hiciera.
No lo negó.
—Tu madre. —Su voz salió lenta, venenosa—. Tu madre era una inútil. Una mujer que se creía demasiado. Que se atrevió a levantarme la voz, a amenazarme con irse, a querer llevarse a mis hijos. —Apretó las sábanas—. Nadie abandona a Mansour Al Rashid. Nadie. Tuve que ponerle un alto. Fue ella la que se lo buscó.
Khalid, a mi lado, ahogó un sonido. Ahí estaba. La confesión. De su propia boca.

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