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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 172

MARIANA

Esa tarde, toda la familia se juntó frente al televisor de la sala de los Nassar.

No queríamos perdernos ni un segundo. Porque después de meses de infierno, de destierros, de cárceles, de amenazas, por fin íbamos a ver, con nuestros propios ojos, la caída del hombre que nos había hecho tanto daño.

Y ahí estaba.

En la pantalla, Mansour Al Rashid salía del hospital rodeado de policías. Esposado. Con la cabeza gacha, tapándose la cara de las cámaras, ese hombre que toda la vida caminó erguido, mirando a todos por encima del hombro. Lo subieron a un auto de la policía, sin miramientos, y se lo llevaron.

—Directo a la cárcel. —Murmuró Khalid, sin despegar los ojos de la pantalla.

La periodista hablaba sobre las imágenes, con esa voz de noticia grande:

*"…la caída del imperio Al Rashid es total. Las autoridades han confiscado todas las propiedades del magnate: mansiones, terrenos, empresas. Sus cuentas bancarias han sido congeladas y embargadas. Fuentes cercanas confirman que Mansour Al Rashid, uno de los hombres más ricos de Dubái, enfrenta no solo cargos por asociación ilícita y lavado de dinero, sino también por el homicidio de su esposa hace veintitrés años y la reciente muerte de Omar Hamza. El que fuera un imperio inquebrantable ha quedado, esta tarde, reducido a la ruina…"*

Se hizo un silencio en la sala.

Todo. Le quitaron todo. El dinero, las casas, las empresas, el poder, el nombre limpio que tanto le importaba. Todo lo que Mansour amó por encima de sus propios hijos, se lo llevó la corriente en una sola tarde.

Miré a Zayed, a su lado, y le tomé la mano.

—¿Estás bien? —Le pregunté bajito—. Sé que, a pesar de todo, es tu padre. Verlo así…

—Estoy bien. —Zayed apretó mi mano—. Es raro. Una parte de mí siempre lo temió, siempre esperó algo de él. Y ver eso… debería dolerme más. Pero no. Solo siento que por fin se hizo justicia. Es mejor así, Mariana. Un hombre con tanto poder y ni una gota de amor tarde o temprano iba a terminar así. Solo. En una celda. Con las manos vacías.

Se quedó un momento callado, y después miró a sus hermanos.

—Y hay algo más. —Dijo—. Algo que decidimos los tres. Khalid, cuéntales.

Khalid apagó el televisor y se puso de pie, frente a todos.

—Zayed, Layla y yo hemos tomado una decisión. —Su voz era firme, serena—. Durante toda la vida cargamos el apellido Al Rashid como una condena. Ese apellido significa miedo. Significa dinero sucio. Significa un padre que nos usó, que nos vendió, que mató. No queremos seguir llevándolo. No queremos que nuestros hijos lo lleven. —Miró a Layla, que asintió, y a Zayed, que también—. Así que vamos a renunciar a él. Legalmente. Los tres. Vamos a dejar de ser los Al Rashid. Y vamos a tomar el apellido de nuestra madre. El apellido de la mujer buena que nos dio la vida y que él nos quitó. Para honrarla. Para empezar de nuevo. Para que, cuando alguien oiga nuestro nombre, piense en ella, y no en él.

Layla se limpió una lágrima. Zayed asintió, con la mandíbula firme.

—Es la mejor decisión que han tomado. —Dijo Nassar, emocionado—. Un nombre no se hereda. Se honra. Y ustedes están honrando el correcto.

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