MANSOUR
Por fin lo había descubierto.
Y ya no tenía sentido negarlo. Al contrario. Ahí, en esa sala de visitas, arruinado y encerrado, contarle a mi hijo cómo lo había manejado toda la vida era el único placer que me quedaba.
Así que se lo conté. Y mientras hablaba, volví a aquel día, dos años atrás, cuando yo todavía era el hombre más poderoso de Dubái.
Aquella semana, la boda de Zayed con Nadia Al Farhan estaba a dos días de celebrarse. Yo mismo la había arreglado. Pero para entonces ya me había arrepentido, porque había encontrado algo mejor: Aaliyah. La hija de una familia con más poder, más contactos, más provecho para mí que los Al Farhan. Una alianza superior. Y una vez que decidí que Zayed debía casarse con Aaliyah, la boda con Nadia dejó de ser un negocio y se volvió un estorbo. Un estorbo que había que eliminar.
Pero yo no rompo las cosas de frente. Nunca. Yo las rompo de manera que nadie pueda culparme. Que parezca un accidente, una desgracia, una casualidad.
Así que hice una llamada.
Al hotel donde Zayed siempre se hospedaba, el Al Sama, esa suite que era casi su segunda casa. Soborné a un empleado, uno de esos que por dinero hacen lo que sea. La instrucción era sencilla: que se encargara de que una mujer, cualquier mujer, entrara esa noche a la habitación de mi hijo. No me importaba quién. No me importaba cómo. Solo que estuviera ahí, con él, en esa suite.
Porque el plan no era que Zayed se acostara con ella. Eso me daba igual. El plan era la prensa. Yo ya tenía a un paparazzi pagado, listo para el momento exacto. Solo necesitaba una foto: una imagen de Zayed y una mujer desconocida en la misma habitación, dos noches antes de su boda. Con eso bastaba para reventar el compromiso con Nadia sin que nadie sospechara de mí. Un novio infiel, un escándalo, una boda cancelada por la familia ofendida. Perfecto. Y yo, libre para casarlo con Aaliyah.
Pero el destino, o la estupidez de mi hijo, me dio más de lo que pedí.
Porque Zayed no solo dejó entrar a la mujer.
Pasó la noche con ella.
Cuando el paparazzi me mandó las fotos, no lo podía creer. No eran fotos de dos personas en una habitación. Eran fotos de mi hijo y esa mujer saliendo juntos al amanecer, con esa cara que solo pone la gente que acaba de hacer algo que no debía. Eran fotos que valían oro.
Se las mandé al padre de Nadia yo mismo, de forma anónima. Y en cuestión de horas, la boda con los Al Farhan estaba cancelada, la familia humillada, y Zayed convertido en el infiel de Dubái.
Todo según mi plan. Mejor que mi plan.

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