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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 176

ZAYED

Nada me preparó para México.

Y miren que yo he viajado. Londres, París, Nueva York, Tokio. He negociado con magnates y con reyes. Creía que nada podía sorprenderme.

Pero México tenía su propio pulso, y lo sentí desde que bajamos del avión.

No era el shock que esperaba. La ciudad era moderna, enorme, con avenidas anchas y torres de cristal que competían con cualquier capital del mundo. No era eso lo que me descolocaba. Era otra cosa, más difícil de nombrar. Una calidez en el aire. Una forma distinta de mirarse entre la gente, de hablar, de tomarse el tiempo. En Dubái todo era eficiencia y distancia. Aquí, hasta el hombre que nos ayudó con las maletas nos preguntó cómo había estado el vuelo, si era nuestra primera vez en el país, y nos deseó suerte con una sonrisa genuina, como si de verdad le importara.

—¿Y bien? —Mariana me tomó la mano al salir del aeropuerto, buscándome la cara—. ¿Qué te parece hasta ahora?

—Es… distinto. —Elegí la palabra con cuidado—. De una forma que todavía no entiendo. Pero no me disgusta. Al contrario.

—Ya lo entenderás. —Sonrió—. Dale tiempo.

Nassar nos había conseguido el traslado con la eficiencia de siempre. Un auto nos esperaba, y en el camino a la casa fui mirando la ciudad por la ventana.

Era un contraste constante. Lo moderno y lo antiguo, uno junto al otro. Rascacielos y también iglesias de siglos. Restaurantes de lujo y puestos de comida en la misma cuadra. Un tráfico caótico que a nadie parecía desesperar. La gente caminaba distinto, hablaba distinto, se reía más fuerte y más seguido que en Dubái. Había una vitalidad en todo, un desorden vivo que, para un hombre acostumbrado al orden absoluto, resultaba desconcertante y, a la vez, extrañamente contagioso.

—Aquí la gente vive hacia afuera. —Comenté, más para mí que para nadie—. En Dubái vivimos hacia adentro. Puertas cerradas, muros altos. Aquí todo está… abierto.

—Bienvenido a mi mundo. —Mariana se recostó en mi hombro—. Vas a ver que se contagia.

Valentina, pegada a la ventana, señalaba todo con la emoción de una exploradora.

—¡Mamá, mira! ¡Mira cuántos colores! ¿Aquí vamos a vivir? ¿Para siempre?

—Para mucho tiempo, mi amor. —Le acaricié el pelo—. Esta también va a ser tu casa.

La casa que Nassar había elegido para nosotros estaba en una zona residencial tranquila, arbolada, de las buenas de la ciudad sin ser ostentosa. Nada que ver con el palacio que tuve en Dubái, ni con la mansión de mi padre. Era grande, sí, cómoda, elegante, pero con una escala humana. Una casa para vivir, no para impresionar.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso me gustó.

—No es un palacio. —Le dije a Mariana, mientras recorríamos las habitaciones vacías, con el eco de nuestros pasos.

—¿Te molesta? —Me miró, un poco insegura.

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