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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 177

ZAYED

La oficina que rentamos para arrancar la empresa estaba en una de las torres del corazón financiero de la ciudad, en un piso alto, con ventanales que daban a todo el horizonte.

Nassar había volado desde Dubái para los primeros días, y esa mañana estábamos los tres —él, Khalid y yo— revisando los papeles de la nueva sociedad, los permisos, los primeros contactos. Karim también andaba por ahí, aprendiendo, porque Nassar insistía en meter a su hijo en cada aspecto del negocio.

—Es curioso. —Dijo Khalid, mirando por el ventanal, con un café en la mano—. Toda la vida soñé con una oficina así. Con mi nombre en la puerta, mi propio imperio. Y ahora que lo tengo, del otro lado del mundo, se siente distinto a lo que imaginé.

—¿Distinto cómo?

—Distinto porque es mío. —Se giró—. En Dubái, todo lo que construíamos era a la sombra de nuestro padre. Cada trato que cerraba, en el fondo, era para demostrarle algo a él. —Negó con la cabeza—. Aquí nadie sabe quién fue Mansour Al Rashid. Aquí somos solo nosotros. Por primera vez.

Karim, que escuchaba desde una esquina, se acercó.

—A mí me pasa algo parecido. —Dijo, un poco tímido, todavía no acostumbrado a hablar de igual a igual con nosotros—. En Dubái, siempre fui "el chofer que resultó ser hijo de Nassar". La gente me miraba raro. Me medían. Aquí… aquí soy solo Karim. Nadie sabe mi historia. Puedo empezar de cero, sin que nadie me recuerde cargando maletas.

—Bienvenido al club, hermano. —Khalid le dio una palmada en el hombro. Y me gustó oír que le dijera "hermano", porque así era ya, aunque no lleváramos la misma sangre.

Nassar nos miraba a los tres con una sonrisa que le arrugaba toda la cara.

—Miren nada más. Tres muchachos que la vida golpeó de todas las formas, empezando de nuevo, juntos, sin miedo. —Se le puso la voz ronca—. Yo ya estoy viejo, he cerrado tratos enormes. Pero ningún negocio me ha dado la satisfacción de ver esto. A ustedes. Libres. —Carraspeó—. Bueno, basta de sentimentalismos. Tenemos una empresa que levantar.

—¿Y por dónde empezamos? —Pregunté—. No conocemos a nadie aquí. No sabemos cómo se mueven los negocios en México, quién es quién, dónde están las puertas.

—Por eso. —Nassar sonrió—. Ya nos conseguí a alguien. Un enlace local. El mejor, según me dijeron. Un empresario mexicano, joven, con contactos en todos lados, que conoce este mercado como la palma de su mano. Va a ser nuestro socio en la operación local. Llega en cualquier momento. —Miró su reloj—. De hecho, ya debería—

Tocaron a la puerta.

—Adelante. —Dijo Nassar.

La puerta se abrió, y entró un hombre.

Alto, bien vestido, de unos treinta y cinco años, con un traje impecable pero sin la rigidez del mío, más relajado, más cálido. Tenía una de esas caras que caen bien de inmediato, una sonrisa abierta, franca, y una seguridad que no era arrogancia sino simple comodidad en su propia piel.

—Buenos días a todos. —Saludó, en un inglés perfecto, y luego cambió al español con la misma naturalidad—. Perdón por la hora, el tráfico de esta ciudad es un monstruo que nunca duerme. —Se rió de sí mismo, y la broma rompió el hielo al instante—. Alejandro Mendoza. Pero todos me dicen Alex.

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