MARIANA
Estaba subida en una silla, tratando de colgar una cortina con mi panza de casi ocho meses estorbándome, cuando oí las llaves de Zayed en la puerta.
—¡Mariana! —Su voz, alarmada—. ¡Bájate de ahí ahora mismo!
—Estoy bien. —Me estiré para alcanzar el gancho—. Solo falta esta.
—¡Que te bajes! —Cruzó la sala en tres zancadas y me tomó de la cintura, bajándome de la silla como si fuera de cristal—. ¿Estás loca? Ocho meses de embarazo, ¿y subida en una silla? Me vas a matar de un susto.
—Ay, Zayed, no exageres. —Me reí, aunque me dejé bajar—. Las mujeres de este país hacen esto y más embarazadas.
—Pues tú no. —Me plantó un beso en la frente—. Tú te sientas y me dices dónde va cada cosa, y yo lo cuelgo. Para eso estoy.
Zayed no venía solo.
Detrás de él entró Gabi, cargada de bolsas del súper, y detrás de Gabi, un hombre que yo no conocía, alto, bien vestido, con una sonrisa fácil y los brazos llenos de más bolsas.
—Amiga, ¡llegamos! —Gabi soltó las bolsas en la mesa—. Te trajimos el súper porque sé que no has salido, embarazada terca.
Me quedé mirando al extraño.
—Ah, y mira, te presento a Alex, el socio nuevo del que te conté. Se ofreció a ayudarnos con la carga.
—Mucho gusto, señora. —Alex dejó las bolsas con cuidado y me tendió la mano, con una calidez que desarmaba—. Aunque "señora" le queda enorme, se ve usted jovencísima. Perdón por meterme así a su casa, Gabi me obligó.
—¡No te obligué! —Protestó Gabi, riéndose—. Te ofreciste tú.
—Bueno, me ofrecí, pero porque tú pusiste esa cara de "no puedo con todo". —Alex le guiñó el ojo, y Gabi le aventó un trapo de cocina, muerta de risa.
Los observé. Esa facilidad entre ellos, ese ida y vuelta rápido, cómodo, como de gente que se conoce de hace años y no de unas semanas. Me quedé con el detalle, sin decir nada.
—Gracias por la ayuda, Alex. —Sonreí—. Y por soportar a esta loca.
—Un placer. —Se rió—. Con permiso, no quiero estorbar. Los dejo en familia. Gabi, nos vemos mañana temprano, no llegues tarde. —Y agregó, ya saliendo—: Aunque siempre llegas tarde.
—¡Una vez! ¡Llegué tarde una vez! —Le gritó Gabi a la puerta.
Y se quedó ahí, con el trapo en la mano, sonriendo a la puerta cerrada un segundo de más.
—Se ve buena gente. —Solté, con cuidado, mientras Zayed guardaba el súper en la cocina.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque