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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 179

KHALID

Toda mi vida me enorgullecí de saber leer a la gente.

Es lo que me hizo buen abogado, buen negociador. Lo único que valía la pena heredar de Mansour Al Rashid: la frialdad para observar, para calcular, para ver lo que los demás no ven. Aprendí a leer una sala, una mentira, las intenciones detrás de una sonrisa.

Lo que nunca aprendí fue a leer lo que sentía yo mismo.

Y por eso, al principio, no supe ponerle nombre a lo que me pasaba cada vez que veía a Gabi con Alex.

—Empezó como una molestia pequeña. Casi tonta.

Estábamos en la oficina, en una junta larga con Alex y todo el equipo, revisando los avances del proyecto. Y yo, que debía estar concentrado en las cifras, me descubrí mirando otra cosa. A Gabi y a Alex, sentados uno al lado del otro, compartiendo una laptop.

Se reían.

No de algo del trabajo. De algo suyo. Un chiste en voz baja, una referencia que solo ellos dos entendían, de esas cosas de aquí, de México, que yo todavía no acabo de captar. Gabi le dio un codazo, él le contestó con una mueca, y los dos se aguantaron la risa como dos niños en clase.

Y yo sentí algo en el pecho que no reconocí. Algo caliente, incómodo, feo.

Tardé un momento en entender qué era.

Celos.

Yo, Khalid, que nunca en mi vida había sentido celos de nadie, que me creía por encima de esas cosas, estaba sintiendo celos de la forma en que mi prometida se reía con otro hombre.

Me dije que era una tontería. Y racionalmente, lo era.

Gabi me amaba. Esa mujer dejó su vida, su país, todo, para seguirme al otro lado del mundo. Me eligió cuando yo era un hombre roto, huyendo de mi padre, sin saber siquiera quién era. Nadie me había querido así en toda mi vida.

Y Alex era solo un socio. Un buen socio. Un tipo simpático, competente, que nos estaba haciendo ganar dinero. No había hecho nada malo. No había cruzado ninguna línea. Era amable con todos, no solo con Gabi.

Todo eso me lo dije, con la lógica fría que siempre me salva.

Pero la lógica no me quitó el nudo del pecho cuando, al terminar la junta, vi que Alex se acercaba a Gabi y le decía algo que la hacía sonreír de esa manera. Esa manera relajada, natural, que a mí me costaba sacarle. Con Alex, Gabi se reía sin esfuerzo. Conmigo, a veces, todavía tenía que explicarle un chiste, o traducir una idea, o salvar la distancia de que veníamos de dos mundos distintos.

Con él no había distancia que salvar.

Esa era la molestia. Esa era la verdad incómoda que no quería mirar de frente.

Alex hablaba su idioma. Y no me refiero al español.

—¿Todo bien? —Gabi me alcanzó a la salida, poniéndose el abrigo—. Estuviste callado toda la junta.

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