KHALID
La sala de juntas estaba en silencio, todos escuchando a Alex.
Y tenía que admitirlo: el hombre sabía hablar. Explicaba las ventajas de invertir en la nueva empresa con una claridad que hasta yo, que soy abogado y desconfío por oficio, encontraba impecable. Los números, los riesgos, las proyecciones. Zayed asentía. Nassar, por videollamada desde Dubái, tomaba notas.
—En resumen —cerró Alex, con esa sonrisa fácil suya—, si entramos ahora, con la estructura que les propongo, en un año esta empresa se triplica. Se los firmo.
Hubo aplausos suaves, murmullos de aprobación. Un buen trabajo, no lo puedo negar.
Y entonces, al terminar, Alex hizo lo que hacía siempre. Se acercó a Gabi.
—Oye, jefa. —Le dijo, apoyándose en su silla—. ¿Viste que sí usé las gráficas que me dijiste? Quedaron mejor, ¿verdad? Reconócelo.
—Quedaron pasables. —Gabi se rió, sin levantar la vista de su tablet—. No te subas.
—¿Pasables? Me ofendes. —Alex se llevó una mano al pecho, dramático, y Gabi soltó una carcajada.
Los miré. Esa facilidad. Ese ir y venir. Y sentí, otra vez, el nudo en el pecho.
—No entiendo las relaciones en este país.
La voz de Yasmín, a mi lado, me sobresaltó. No la había visto acercarse.
—¿Perdón?
—Digo que no las entiendo. —Miraba a Gabi y a Alex, con esa expresión crítica tan suya—. Gabi es tu prometida. Viven juntos, en la misma casa, cosa que allá sería un escándalo. Y sin embargo, mírala. —Ladeó la cabeza—. Ese hombre, Alex, parece tener mejor química con ella que tú, que eres su novio. Se ríe con él de una forma que no te he visto reírse contigo. —Me miró de reojo—. A veces parece que el prometido de verdad es él, y que tú eres… no sé. Un extranjero. Un invitado. Alguien de paso.
Apreté la mandíbula.
—Alex y Gabi solo son amigos, Yasmín. —Le dije, seco—. Compañeros de trabajo. Aquí es normal esa confianza. No todo tiene la rigidez de Dubái.
—Yo solo digo lo que veo. —Se encogió de hombros—. En Dubái, una mujer comprometida no se ríe así con otro hombre. Pero aquí las relaciones son muy raras. Muy libres. —Suspiró—. Ojalá esa libertad no te cueste cara, Khalid.
Y se alejó, dejándome ahí, con sus palabras enterrándoseme como astillas.
Yo no quería dudar de Gabi.
Me lo repetí con fuerza mientras recogía mis papeles. Gabi me amaba.
Terminó la junta, y me acerqué a Gabi con la mejor de mis intenciones.
—Oye. —Le tomé la mano—. ¿Qué te parece si esta noche te llevo a cenar? Los dos solos. A ese lugar que te gustó, el del centro.

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