MARIANA
Rompí fuente a las tres de la mañana, y en esa casa se desató el caos.
—¡Ya viene! ¡Ya viene el bebé! —Zayed corría de un lado a otro en calzoncillos, buscando quién sabe qué, tirando cosas—. ¡La maleta! ¿Dónde está la maleta? ¡Mariana, no te muevas! ¡No respires! ¡No hagas nada!
—Zayed. —Le dije, sentada en la cama, con una calma que a mí misma me sorprendía—. Amor. Respira tú. Yo estoy bien.
—¿Cómo vas a estar bien? ¡Vas a tener un bebé! —Se había puesto una sola calceta y buscaba la otra con desesperación—. ¡Esto es una emergencia!
—Es un parto, mi amor. —Me reí, entre una contracción y otra—. No una emergencia. Las mujeres llevamos haciendo esto desde que existe el mundo. Ahora ponte un pantalón, por favor, que no puedes llevarme al hospital en calzoncillos.
En el hospital, la cosa no mejoró.
Yo, la que estaba pariendo, era la más tranquila de todos. Zayed, en cambio, se había convertido en un manojo de nervios ambulante. Le preguntaba al médico cosas que no venían al caso, se asomaba a los aparatos, quería saber qué significaba cada número, cada línea, cada pitido.
—Doctor, esa máquina, ¿por qué hace ese ruido? ¿Es normal? ¿Está calibrada?
—Señor. —El doctor respiró con paciencia—. Todo está perfectamente normal. Su esposa está muy bien. Lo que necesito es que usted se tranquilice, o voy a tener que pedirle que espere afuera.
—No, no, afuera no. —Zayed me agarró la mano como náufrago a una tabla—. Me quedo. Me quedo callado. Me quedo quieto. —Y a los tres segundos—: Pero esa línea de ahí sí está bien, ¿verdad?
Mi madre entró en ese momento, y en cuanto me vio, se le llenaron los ojos.
—Mija. —Me tomó la cara con las dos manos—. Mi niña. Ya vas a ser mamá otra vez. —Me hizo la señal de la cruz en la frente, como cuando era chica—. Que Dios te bendiga y te acompañe. Que todo salga bien. Voy a estar afuera rezando por ti y por mi nieto.
—Gracias, mamá. —Le besé la mano—. Te quiero.
—Y tú. —Mi madre se giró hacia Zayed, señalándolo con el dedo—. Aguántate como los machos, ¿eh? Nada de andar estorbando. Que la que trabaja es ella.
—Sí, doña Carmen. —Zayed tragó saliva—. Como los machos.
Me llevaron a la sala de partos, y Zayed vino conmigo, tomándome de la mano, pálido como una sábana.
—Aquí estoy. —Me susurró, aunque le temblaba la voz—. No me voy a separar de ti. Pase lo que pase. Soy fuerte. Puedo con esto.
—Claro que puedes, mi amor. —Le apreté la mano, aguantando una contracción—. Solo no mires para abajo.
—¿Por qué no miraría para abajo?
—Tú no mires para abajo, Zayed.
Y por supuesto, el muy terco miró para abajo.
Justo en el momento en que el doctor decía "muy bien, Mariana, ahora sí, puje con todo", Zayed bajó la vista para ver nacer a su hijo, en toda su gloria sangrienta y milagrosa.
Lo último que oí de él fue un "ay, madre santa" en árabe, seguido de un golpe seco.
—¡Se cayó el señor! —Gritó una enfermera.

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