GABI
—No sé qué me pasó, amiga. —Le dije a Mariana, con la taza de té temblándome en las manos—. Nunca habíamos peleado así. Nunca. Y lo peor es que ni siquiera hice nada. Alex es mi amigo, mi socio, y ya. Pero Khalid me miró como si yo lo estuviera traicionando.
—Gabi. —Mariana me tomó la mano, con esa calma suya de hermana mayor—. Ponte en su lugar un segundo. Khalid dejó plantada a Yasmín en el altar por ti. Fue detrás de ti hasta el otro lado del mundo. Y ni siquiera ha podido cerrar bien ese capítulo, porque ahora Yasmín vive en tu casa, recordándole todos los días lo que hizo. —Suspiró—. Vienen de culturas distintas. Para él, verte reír con otro hombre no es lo mismo que para nosotras. Que esté celoso no es que no confíe en ti. Es que te ama, y le da pánico perderte.
—Ya lo sé. —Bajé la mirada—. Pero es que todo empezó cuando Yasmín entró a la casa. Antes estábamos bien, amiga. Bien de verdad. Y desde que ella llegó, con sus comentarios, con sus caras, todo se enrareció.
—Mira. —Mariana me apretó la mano—. Yo sé que se sienten culpables por lo que le pasó. Y está bien ayudarla. Pero ayudarla no significa tenerla metida en su casa, envenenando el aire. Búsquenle otro lugar, Gabi. Págenle una renta, lo que sea, pero sáquenla de ahí. Su relación es lo primero.
—Tienes razón. —Suspiré—. Me siento fatal por cómo terminó la discusión. Le dije cosas. Él me dijo cosas. Y me bajé del auto y lo dejé ahí, solo.
—Una disculpa no estaría de más. —Mariana sonrió—. De los dos. Ustedes se aman, Gabi. No dejen que una tontería, ni una intriga, se lleve algo tan bonito.
Y justo cuando iba a contestarle, tocaron a la puerta.
—Señora. —La empleada asomó la cabeza—. Tiene una visita. La señorita Yasmín.
Sentí que se me revolvía el estómago.
Yasmín entró a la sala, con su porte digno de siempre, como si no acabara de arruinarme la vida a punta de comentarios.
—Gabi. —Saludó—. Que sorpresa, yo venía a conocer el hijo de Mariana pero ya que estás aquí…
—¿Sabes qué, Yasmín? —Me levanté, sin ganas de fingir—. Ahora no. No estoy de humor. Lo que sea, lo vemos mañana en la oficina.
Y sin darle tiempo a contestar, dejé a Mariana con ella y salí de la casa a tomar aire, porque si me quedaba un segundo más frente a esa mujer, iba a decirle todo lo que llevaba semanas tragándome.
Afuera, en la entrada, me topé con Alex.
—Gabi. —Frunció el ceño en cuanto me vio la cara—. ¿Estás bien? Traes una cara… ¿qué pasó?
—Nada, Alex. —Me tallé los ojos—. Cosas personales. No es nada.
—No me mientas. —Se acercó, con esa preocupación genuina suya—. Estás llorando. Ven acá.
Y abrió los brazos para abrazarme, un abrazo de amigo, de esos que uno da sin pensar cuando ve a alguien mal.
Pero no alcanzó a tocarme.
Porque de la nada, alguien lo empujó con fuerza, tan fuerte que Alex trastabilló hacia atrás.
Era Khalid.
—¡Aléjate de ella! —Le rugió, poniéndose entre los dos, con la cara descompuesta de rabia—. ¡Aléjate de mi prometida! ¿Me oíste? ¡No la vuelvas a tocar!

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