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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 188

MARIANA

Las horas más largas de mi vida las pasé sentada en ese sillón, con Gabi a mi lado, esperando noticias de mi hijo.

No podía llorar. Ya no me quedaban lágrimas. Solo un hueco enorme en los brazos, en el lugar exacto donde debería estar Amir y no estaba. Me sentía la peor madre del mundo. Un solo momento de descuido, y alguien se lo había llevado.

—Es mi culpa. —Susurré, con la mirada perdida—. Lo dejé dormido y salí. Si me hubiera quedado con él…

—No, amiga. —Gabi me tomó la mano, y le temblaba tanto como a mí—. Si alguien tiene la culpa soy yo. La pelea fue por mí. Todo este caos empezó por mis problemas con Khalid. Yo metí a Yasmín en esta familia. Yo—

—Ya, las dos. —Layla, sentada enfrente con Karim, nos interrumpió con firmeza, aunque tenía los ojos rojos—. La única culpable es la mujer que se llevó al bebé. Nadie más. —Se sentó entre nosotras, abrazándonos—. Y lo van a encontrar. Zayed no va a volver a esta casa sin su hijo. Sería capaz de mover el mundo entero.

Karim asintió, serio, sosteniéndonos con la mirada. Y seguimos esperando. Cada minuto, un siglo.

Y entonces sonó el teléfono de Gabi.

Todos saltamos. Gabi contestó con las manos temblando.

—¿Bueno? —Escuchó. Y yo la miraba, buscándole la cara, tratando de leer en sus gestos si era buena o mala noticia, muriéndome en la espera—. ¿Sí? ¿En serio? —Y de pronto, a Gabi se le llenaron los ojos, y sonrió. Sonrió—. Sí, sí, aquí estamos. Los esperamos. Gracias, gracias a Dios.

Colgó, y se giró hacia mí, con la sonrisa más hermosa que le he visto.

—Lo encontraron, amiga. —Me tomó las dos manos—. Encontraron a Amir. Está bien. Está perfecto. Vienen de regreso. Zayed viene con él.

Por un segundo no entendí. Y cuando entendí, se me salió del pecho un sonido que no era llanto ni risa, sino las dos cosas a la vez.

—¿Está bien? ¿Mi bebé está bien?

—Está bien. —Gabi me abrazó, llorando—. Ya vienen. Ya vienen para acá.

Corrimos a la ventana.

Gabi y yo, y detrás Layla y Karim, y en eso apareció mi madre desde la cocina, donde había estado rezando toda la noche, y Valentina, medio dormida, preguntando qué pasaba.

—Ya viene tu hermanito, mi amor. —Le dije a Valentina, cargándola, con la voz rota—. Ya viene Amir.

Nos amontonamos en la ventana, mirando la calle, esperando. Y entonces, doblando la esquina, apareció el auto.

—¡Ahí vienen! —Gritó Gabi.

Y todos corrimos.

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