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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 19

MARIANA

Ahí estaba.

Zayed Al Rashid. Mi esposo por contrato. Con una toalla enrollada en la cintura, el cabello mojado cayendo sobre su frente y ese cuerpo que yo ya conocía mejor de lo que me convenía admitir.

Me tapé los ojos con las dos manos.

—Nadie me dijo que íbamos a compartir habitación.

—Somos un matrimonio —dijo con esa calma irritante de siempre—. No podemos dormir en habitaciones separadas. Las apariencias…

—Las apariencias, claro. —Seguía con los ojos tapados—. El argumento comodín.

—Se ve ridícula con la cara tapada.

—Estoy perfectamente cómoda así, gracias.

Escuché sus pasos sobre el mármol. Despacio. Sin prisa.

—Mariana. —Su voz sonó más cerca—. Ya vio mucho más que esto.

El calor me subió directo a las mejillas.

—Esa noche era distinta.

—Cierto —dijo—. Era muy distinta.

Algo en su tono me hizo bajar las manos apenas para mirarlo. Error. Estaba a dos metros con esa toalla y esa expresión que no revelaba nada y al mismo tiempo lo decía todo.

—Distinta porque entonces no éramos nada —aclaré—. Ahora hay un contrato de por medio y eso complica…

—Distinta —me interrumpió— porque entonces era una desconocida en mi habitación. Ahora es mi esposa.

El silencio que siguió fue denso y cargado y completamente inconveniente.

Las mismas manos. El mismo hombre. Completamente distinto el contexto y sin embargo mi memoria tenía una capacidad fotográfica que yo no le había autorizado.

Me puse de pie del borde de la cama con toda la dignidad que me quedaba después de un día de doce horas.

—Voy a ser clara, Zayed. No voy a tener intimidad contigo. No está en el contrato y no es algo que esté dispuesta a negociar. —Hice una pausa—. Y no voy a compartir esa cama.

Él me miró sin cambiar la expresión.

—El sillón es cómodo.

Solté el aire con alivio.

—Gracias por comprender.

—No terminé. —Caminó hacia el lado derecho de la cama con total tranquilidad—. El sillón es cómodo. Por eso usted va a quedarse ahí.

Lo miré.

—¿Perdón?

—Yo no voy a cambiar mi comodidad, señorita Ríos. —Se sentó en la cama con la naturalidad—. Llevo diez años durmiendo en esa cama. No pienso dejar de hacerlo porque usted tenga escrúpulos de última hora.

—¿Escrúpulos de última hora? —Mi voz subió un tono—. ¡Firmé un contrato, no un cheque en blanco!

—Nadie dijo que lo firmó. —Sus ojos oscuros me miraron con esa calma perturbadora—. El sillón tiene almohadas extra en el armario.

Me quedé mirándolo durante cinco segundos completos. Buscando en su expresión alguna señal de que estaba bromeando. Negociando. Siendo humano.

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