MARIANA
Encontré a Zayed en su oficina, de pie frente al ventanal, con la mirada perdida en el horizonte de la ciudad.
No me oyó entrar. Se quedó ahí, quieto. Llevaba así desde que volvió de Dubái. Y yo lo entendía, aunque nadie más pareciera entenderlo. Porque sí, Mansour había sido un monstruo, capaz de mandar secuestrar a su propio nieto. Nadie iba a llorar su muerte.
Nadie, excepto quizá el niño que alguna vez fue su hijo, y que en algún rincón todavía guardaba la esperanza imposible de tener un padre.
Me acerqué despacio y le puse las manos en los hombros.
Zayed se giró. Y en cuanto me vio, me besó. Un beso lento, hondo, de esos que buscan refugio más que pasión.
—No te voy a mentir. —Me dijo, con la frente pegada a la mía—. Me afectó. Sé que ese hombre no merece una lágrima mía después de todo lo que hizo. Pero era mi padre. El único que tuve. Y una parte de mí, la de niño, todavía esperaba que algún día cambiara, que me mirara con orgullo. —Tragó—. Y ahora ya nunca va a pasar.
—Es normal, mi amor. —Le acaricié la cara—. Puedes odiar lo que hizo y aun así doler por lo que nunca fue. Las dos cosas caben en el mismo corazón.
—Lo sé. —Asintió, y algo en su cara se aflojó—. Y ¿sabes qué es lo más raro? Que también siento paz. —Miró por la ventana—. Toda mi vida cargué el miedo de ese hombre. Su sombra, su juicio, su poder. Y ahora, por fin, se acabó. Ya no hay nadie persiguiéndonos. Ya podemos vivir. —Me tomó las manos—. Amo mi país, Mariana. Amo mi cultura, mi tierra, de dónde vengo. Pero México me dio lo único que Dubái, con todas sus riquezas, nunca me pudo dar. Me dio una familia. Me dio amor. Me dio paz. Y eso vale más que todos los palacios del mundo.
Lo besé otra vez, y por primera vez en días, sentí que el peso empezaba a soltarlo.
Estábamos así, abrazados, cuando alguien tocó la puerta.
—Perdón. —Khalid asomó la cabeza, con una carpeta en la mano—. Perdón por interrumpir. Pero esto no puede esperar, hermano. Es importante.
—Pasa. —Zayed se separó de mí, poniéndose serio—. ¿Qué pasa?
Khalid entró y dejó la carpeta sobre el escritorio, con la cara de quien no ha dormido.
—Los contratos. —Dijo—. Los de los inversionistas nuevos. Por fin los leí. Palabra por palabra, como debí hacerlo desde el principio. —Se pasó la mano por el pelo—. Y encontré errores graves, Zayed. Cláusulas cambiadas. Cifras alteradas. Alguien modificó los documentos para perjudicarnos. Si los firmábamos así, perdíamos el control de la operación en menos de un año. Nos habrían dejado sin empresa.
Se me heló la sangre.
—¿Quién? —Zayed apretó la mandíbula—. ¿Fue Alex? ¿El socio nos estaba traicionando?
—No. —Khalid negó con firmeza—. No fue Alex. Al principio yo también lo pensé. Pero no. Alex está limpio. —Respiró—. Fue Yasmín.
—¿Yasmín? —Repetí, sin creerlo.


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