MARIANA
Los meses que siguieron a la boda de Gabi fueron los más tranquilos que recuerdo.
Y qué raro se sentía, después de tanto. Después de Dubái, de los destierros, de las cárceles, de las amenazas, de Mansour, de Yasmín. Por primera vez en años, la vida transcurría sin sobresaltos, sin sombras acechando en cada esquina. Solo días normales. Comidas en familia. Amir creciendo. Valentina llenando la casa de dibujos. La empresa prosperando, ahora sí, limpia, sólida, sin trampas.
Y a mi alrededor, poco a poco, todos los que quería fueron encontrando su lugar.
Empezó con mi madre.
Doña Carmen y Hassan llevaban meses en esa danza de miradas y pañuelos y "no es nada, solo somos amigos" que ya no le creía nadie. Hasta que una tarde, Hassan, con su seriedad de siempre y las manos temblándole como a un muchacho, le pidió a mi madre que se casara con él.
—A mis años. —Se reía mi madre, contándomelo, colorada como quinceañera—. ¿Tú crees, mija? Casarme otra vez, a mis años.
—El amor no tiene edad, mamá. —Le tomé las manos—. Y tú te mereces ser feliz. Lo mereces más que nadie.
Se casaron en una ceremonia pequeña, sencilla, solo la familia. Hassan, el hombre que había guardado un secreto treinta y cinco años, que había arriesgado la vida por su sobrino, que nos había protegido a todos sin pedir nada, por fin recibía algo para él. Y ver a mi madre feliz, después de tantos años de sacarnos adelante sola, fue uno de los regalos más grandes de mi vida.
Karim y Layla también tuvieron su momento.
Una tarde llegaron a la casa, tomados de la mano, con esa cara de quien guarda una noticia que no le cabe en el cuerpo.
—Vamos a ser papás. —Anunció Layla, con los ojos brillando.
La casa se volvió una fiesta. Layla, que había crecido prisionera en la casa de su padre, tratada como mercancía, que nunca creyó que merecía el amor, ahora estaba embarazada del hombre que la eligió cuando no tenía nada que ofrecerle. Y Karim, el chofer que resultó heredero, la miraba como si fuera el milagro más grande del mundo.
—Va a ser libre. —Le dijo Layla a su bebé, con la mano en el vientre—. Este niño va a crecer libre. Sin miedo. Sin jaulas.
Y Zayed, a mi lado, le apretó la mano a su hermana, porque los dos sabían exactamente de qué jaula hablaba.
Nassar y Farida iban y venían de Dubái, cada vez más seguido, cada vez quedándose más tiempo.
—Ya para qué nos engañamos. —Dijo Nassar un día, cargando a Amir mientras Karim le sobaba la panza a Layla—. Toda mi familia está aquí. Mi hijo, mis nietos, los prestados y el que viene en camino. ¿Qué hago yo en un palacio vacío del otro lado del mundo? —Miró a Farida—. ¿Qué dices, amor? ¿Nos venimos a envejecer cerca de los niños?
Y Farida, que nunca había tenido hijos y de pronto tenía una familia entera, lloró de felicidad y dijo que sí.
Así, el hombre más rico que conocí, el que lo tenía todo menos una familia, terminó eligiendo lo mismo que Zayed había elegido: dejar los palacios por la gente. Por el amor. Por estar cerca.
Y entonces, un día, llegó Nadia.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque