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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 193

MARIANA

Dos años después, volví a subirme a un avión rumbo a Dubái.

Pero nada era como la primera vez.

Aquella primera vez iba sola, tensa, con una carpeta de trabajo sobre las piernas y el estómago hecho un nudo, jugándome la boda más importante de mi carrera, sin imaginar —porque una nunca imagina— que ese viaje me iba a cambiar la vida entera.

Esta vez no viajaba sola. A mi lado, Zayed dormía con Amir despatarrado sobre su pecho, los dos con la boca abierta, roncando igualito, tan parecidos que me daba risa. Del otro lado del pasillo, Valentina —más grande ya, toda una señorita de seis años— veía una película con audífonos, meciendo los pies que todavía no le llegaban al piso. Y en la fila de atrás, Gabi y Khalid discutían de cariño sobre qué le iban a enseñar primero a su hija, que Gabi llevaba en la panza de cinco meses.

Íbamos a Dubái, pero de visita. A que Amir y Valentina conocieran la otra mitad de sus raíces. A caminar por donde Zayed creció, a que vieran el desierto, a que entendieran de dónde venía su papá. Nassar nos había insistido en que usáramos la casa, y hasta había organizado que pasáramos por el Hotel Al Sama, "por los viejos tiempos", dijo, con un guiño que no supe si era inocente o no.

Porque fue ahí donde todo empezó. En la suite 39.

Dubái me recibió como siempre: imponente, dorada, brillante. Pero la miré con otros ojos.

Ya no era la ciudad del miedo. La del destierro, la de las amenazas, la de Mansour. Era, simplemente, la tierra de mi esposo. El lugar donde, contra todo pronóstico, encontré el amor de mi vida en la noche más inesperada.

Fuimos a los naranjos que Zayed había mandado plantar años atrás, esos que tanto le gustaban a Valentina, y que ahora estaban altos, cargados de azahares, perfumando todo el jardín. Valentina corrió entre ellos como cuando era pequeña, y Amir, que apenas caminaba, la persiguió tambaleándose, riéndose con esa risa de bebé que lo cura todo.

—El señor de los naranjos. —Me dijo Valentina, señalando a Zayed, usando el nombre que le puso de niña, cuando ni siquiera sabía que iba a ser su papá.

—El señor de los naranjos. —Repetí

Y una tarde, antes de volver a México, Zayed me llevó al Hotel Al Sama.

Subimos, los dos solos, hasta el piso de siempre. Y ahí estaba. La suite 39. La puerta donde una noche, hace una vida entera, entré por error a la habitación equivocada y salí con el corazón robado.

—¿Te acuerdas? —Zayed me abrazó por detrás, apoyando la barbilla en mi cabeza.

—Cómo olvidarlo. —Sonreí—. Entré pensando que era la peor noche de mi vida. Un desastre, un error, un problema más. Y resultó ser el principio de todo lo bueno.

—Yo estaba destrozado esa noche. —Zayed habló bajito—. A dos días de casarme con una mujer que no amaba, atrapado en la vida que mi padre me armó. Y de pronto apareciste tú. Como del cielo. Y por primera vez en años, sentí que podía respirar. —Me giró para mirarme—. Todo lo que vino después, lo bueno y lo malo, las guerras, las cárceles, los océanos que cruzamos… todo empezó aquí. En esta puerta. Contigo.

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