VALENTINA
El trayecto es un bloque de silencio. Kael maneja; yo miro la ciudad pasar y cuento salidas, como me enseñó mi papá. Dónde estoy. Por dónde se escapa. Qué tengo a favor.
No mucho. Pero nunca necesité mucho.
Esperaba que me llevara a una torre de cristal. A un penthouse con vista al golfo, algo digno del "hijo de un magnate de Dubái" que me vendió en aquel sótano. En cambio, el auto se detiene frente a un edificio viejo de un barrio que los folletos de Dubái no enseñan. Sube tres pisos a pie. Abre una puerta.
Y lo que hay dentro me descoloca más que todo lo de hoy.
Nada.
Un departamento pelado. Limpio, ordenado, pero vacío como celda de monje. Una mesa, dos sillas, un sofá gastado, una cama al fondo tras una cortina. Ni un cuadro. Ni una foto. Ni una sola cosa que diga quién vive aquí.
—Vaya. —Dejo la maleta en el piso, recuperando el filo—. Así que el magnate heredero vivía aquí todo este tiempo. Me mentiste en el sótano. No tienes ni dónde caerte muerto.
—Te dije lo que necesitabas oír para no entrar en pánico. —Cierra con llave. Guarda la llave en el bolsillo, no en la cerradura—. En el sótano te salvó una mentira. Acostúmbrate.
—Qué romántico. —Cruzo los brazos—. Bien. Ya estoy en tu cueva. Ahora dime cómo va a ser esto, porque te advierto que yo no juego a la esposita.
—Sencillo. —Se apoya en la mesa, brazos cruzados, espejo del mío—. Para afuera, somos un matrimonio. Nadie te saca de Dubái. Vives aquí hasta que yo decida lo contrario.
—¿Hasta que tú decidas? —Suelto una risa—. Déjame darte mis reglas, que son las que importan. Uno: no firmo nada que me ate a ti. Dos: en cuanto encuentre un abogado, anulo esta farsa y te quedas con tu papel y tu cueva. Y tres… —Doy un paso hacia él—. Voy a averiguar quién eres de verdad. Todo. De dónde saliste, por qué sabes pelear como un soldado, por qué un don nadie sin muebles tiene un acta de matrimonio conmigo. Y cuando lo sepa, no vas a tener dónde esconderte.
Algo le cruza los ojos. No miedo. Otra cosa. Casi… diversión.
—Inténtalo. —Dice bajo—. Gente más lista que tú lo ha intentado.
—Ninguna estaba casada conmigo.
—
Cae la noche y llega el problema de siempre de las novelas malas: una cama.
—La cama es tuya. —Kael tira un cojín al sofá—. Yo duermo aquí.

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