KAEL
No duermo.
Hace años que no duermo de verdad, pero esta noche tiene su propia clase de infierno: la tengo a tres metros, detrás de una cortina de tela barata, respirando. Y cada vez que ese respirar cambia de ritmo —cuando se gira, cuando suspira— yo me quedo quieto en el sofá, con los ojos clavados en el techo, contando lo único que me mantiene cuerdo.
Dieciocho años. La cárcel donde murió mi padre. El palacio del que nos echaron. Los anillos que mi madre vendió uno por uno. El niño de diez años que fui, mirando cómo los Al Rashid se repartían lo nuestro mientras a nosotros nos empujaban al barro.
Para eso estás aquí, Kael. No para otra cosa.
Me lo repito como un rezo. Funciona casi siempre.
Casi.
Porque entonces, del otro lado de la cortina, su voz vuelve a sonar en mi cabeza, esa pregunta que me hizo en la oscuridad y que no supe cómo contestar sin desarmarme entero.
Esa noche en Las Vegas, ¿pasó algo entre tú y yo?
Sí pasó, fierecilla. Pasó todo.
Fui a esa ciudad a terminar un trabajo. A acercarme a la hija de Zayed Al Rashid, ganarme su confianza y entregarla. Limpio, frío, profesional. Y en vez de eso pasé la noche riéndome con ella como no me reía desde niño, y a las cuatro de la mañana, borrachos y estúpidos, firmamos un papel en una capilla de plástico porque me retó a que no me atrevía.
Pensé que era un juego. Un desliz. Algo que borrar con el amanecer.
No se borró. Ni el papel, ni ella.
Me levanto. No debería, pero me levanto, y aparto un dedo de cortina.
Ahí está. Dormida vestida, encima de las cobijas, con el ceño fruncido hasta en sueños, como si peleara con alguien también cuando duerme. Una mujer que no se rinde ni inconsciente.
Y yo, que aprendí a matar la ternura antes de aprender a afeitarme, siento esa cosa sin nombre apretándome el pecho. No es amor. Me niego a llamarlo amor. Es peor: es la certeza animal de que esta mujer es mía y de que voy a usarla para destruir a su padre, y que las dos cosas van a convivir dentro de mí hasta que una me mate.
Suelto la cortina.


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