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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 22

ZAYED

Mi oficina en el palacio tenía una sola regla: nadie entraba sin que yo lo supiera.

Mi padre nunca había respetado esa regla.

Lo encontré sentado en mi sillón, frente al escritorio, con las manos cruzadas sobre el bastón que usaba.

—Padre.

—Hijo. —No se movió—. Llegaste temprano.

Dejé la carpeta sobre el escritorio y me solté el botón del saco.

—Terminé el trabajo.

—Tú nunca terminas el trabajo. —Su voz era tranquila, paciente, la peor de sus voces—. En treinta años solo te he visto volver temprano dos veces. Una, cuando murió tu madre. Otra, cuando el banco central nos cerró una operación de noventa millones.

Me serví agua que no pensaba tomar.

—Hoy no hay nadie muerto ni noventa millones en juego.

—Por eso pregunto.

Aquí vamos.

—No habrá sido —continuó, midiendo cada palabra— por ver a tu esposa.

Giré con el vaso en la mano.

—Mi matrimonio también es un contrato importante —dije—. Lo superviso como superviso todo lo demás.

Algo en su boca se movió. No era una sonrisa. Mi padre no sonreía.

—Bien. —Se puso de pie despacio, apoyándose en el bastón solo para que el gesto se viera más solemne—. Entonces no te molestará que te lo recuerde.

—No necesito que me lo recuerde.

—Te lo recuerdo igual. —Caminó hasta quedar frente a mí—. Eso es lo que es. Negocios. No amor. Un matrimonio de un año, ni un día más, firmado para que esta familia no quede de rodillas frente a los Al Farhan. Cuando termine, esa mujer regresará a su país, y nadie volverá a mencionar la palabra “escándalo” en esta casa.

Apreté el vaso.

—Lo tengo muy presente.

Mi padre me sostuvo la mirada el tiempo exacto para que entendiera quién la sostenía más.

—Eso espero, Zayed. —Caminó hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el marco, sin voltear—. Los hombres como nosotros no se enamoran. Nos convenga o no nos convenga.

Y salió.

La puerta se cerró con ese silencio caro de las bisagras que nunca chillan.

Me quedé de pie en medio de mi propia oficina.

*Negocios. No amor.*

Yo sabía eso. Lo sabía mejor que nadie. Lo había escrito yo mismo, cláusula por cláusula, junto a Khalid. Convivencia obligatoria. Apariciones públicas. Confidencialidad. Trescientos sesenta y cinco días.

Entonces por qué.

Por qué había cancelado dos reuniones esa tarde.

Por qué Hassan no había preguntado nada cuando dije “al palacio” tres horas antes de lo normal.

Por qué seguía viendo, sin pedirle permiso a mi memoria, a una mujer riéndose en un jardín con un teléfono en la mano y los ojos brillándole por una niña que dibujaba mariposas moradas.

Dejé el vaso.

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