MARIANA
Despertar en un sillón de terciopelo tiene una sola ventaja: no te deja olvidar dónde estás antes de que tu cerebro tenga la decencia de mentirte.
Desperté con el cuello en un ángulo que ningún médico aprobaría y con tres certezas instaladas de golpe. Una: seguía en Dubái. Dos: seguía casada. Tres: el hombre con el que me había casado dormía a cuatro metros, boca abajo, sin camisa, con la sábana rendida en la cintura como si la modestia fuera un lujo para gente con menos dinero.
*Esto es un sillón, Mariana. Trescientos sesenta y tres días de sillón.*
Me incorporé despacio. La ducha estaba al otro lado de la habitación. Y entre el sillón y la ducha había exactamente un obstáculo: la cama.
Su cama.
Con él en ella.
No entendía que hacía aún en la cama si se supone que se levantaba temprano.
Empecé a cruzar como quien cruza un campo minado. Un pie. Otro pie. Esquivé el banco del tocador. Calculé el ángulo para no rozar el borde del colchón. Contuve la respiración en el tramo más peligroso, justo a la altura de su espalda, esa espalda que subía y bajaba con una tranquilidad ofensiva, porque por supuesto el hombre dormía como dormía todo: sin culpa.
Un paso más.
Casi.
—Puede respirar, señorita Ríos.
Me congelé.
Zayed no se había movido. Tenía la cara medio hundida en la almohada y un ojo abierto, oscuro, observándome con esa calma que yo ya empezaba a clasificar como un deporte personal suyo.
—No muerdo —agregó—. A menos que me lo pidan.
—Eso es… —busqué la palabra— repugnante.
—Son las siete y diez. —Cerró el ojo otra vez—. La ducha es más rápida si camina y deja de hacer cálculos de ingeniería.
Crucé los últimos metros pisando fuerte, me encerré en el baño y abrí el agua caliente como si pudiera ahogar el sonido de su voz.
No pude.
*A menos que me lo pidan.* Idiota. Idiota guapísimo e insoportable.
—
Salir de esa habitación fue salir a otro país.
Afuera me esperaba una mujer.
Bajita, de espalda recta, vestida de gris impecable, con un sobre de cuero entre las manos. El ama de llaves. Halima. Layla me la había presentado.
—Señora Al Rashid. —Inclinó apenas la cabeza—. Su agenda.
—¿Mi… agenda?
Abrió el sobre. Sacó una hoja impresa. A renglón.
—Desayuno con el jeque Mansour a las ocho en el comedor este. Té con las damas de la familia a las once. La modista a la una. Cena formal a las nueve. —Pasó el dedo por la hoja—. El comedor oeste es del señor Zayed cuando recibe. El jardín norte no se transita después del atardecer. La cocina no se pisa.
—Espere. —Levanté una mano—. ¿No se pisa la cocina?
—La señora de la casa no entra a la cocina.
—Yo cocino.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque