ZAYED
Mi padre llenó la mesa de invitados, y yo entendí enseguida que no era un desayuno. Era una función.
El comedor este, que cualquier otro domingo tenía tres sillas, hoy tenía nueve. Dos socios del consejo. El embajador adjunto y su esposa. Un primo que solo aparecía cuando había algo que mirar. Mansour no había reunido a la familia. Había reunido público.
—Hijo. —Señaló la silla a su derecha—. Te esperábamos.
Mariana ya estaba sentada. Espalda recta, vestido del color correcto, una sonrisa puesta con cuidado. Sostenerla le costaba trabajo. Nadie más en esa mesa lo notó. Yo sí.
Me senté a su lado.
—Señora Al Rashid. —El socio mayor, Bashir, le sonrió—. Cuéntenos. Una boda tan repentina. Toda Dubái habla de ella.
—Las mejores cosas pasan rápido —respondió ella, sin perder el paso—. Una buena fiesta se planea en un año. Una buena decisión se toma en un segundo.
Bashir rio. La esposa del embajador inclinó la cabeza, encantada. Buena respuesta. Yo casi sonreí.
Mi padre no.
Mi padre la miraba en silencio, despacio, como quien examina algo nuevo que ha entrado en su casa y todavía no sabe si conviene tenerlo cerca. No la miraba como a una nuera. La miraba como a alguien a quien hay que vigilar.
—Mi nuera es ingeniosa —dijo al fin—. Eso está bien. El ingenio entretiene. —Bebió su té—. Mientras se sepa cuándo callarlo.
La mesa rio como si fuera un chiste. No lo era.
—Qué hermoso es ver a una pareja recién casada —dijo la esposa del embajador—. Aunque los jóvenes de hoy son tan reservados. En mis tiempos, un esposo no temía mostrar afecto.
Mí padre miraba a mí. Con sus ojos dictaba una orden. Pero la orden era para los dos.
Vi cómo Mariana lo entendía.
Podía fingir que no había oído. Podía cambiar de tema. En cambio, hice algo que ni yo esperaba.
Estiré la mano sobre la mesa, a la vista de todos, y tomé la de mi esposa.
La tenía fría. Cerrada en un puño pequeño sobre el mantel. Le abrí los dedos uno por uno, despacio, y cuando su mano se rindió en la mía, me la llevé a los labios y le besé el dorso.
La mesa hizo un sonido suave de aprobación. Alguien aplaudió en broma. El embajador alzó su copa de jugo.
Yo no oí casi nada de eso.
Porque con los labios todavía sobre su piel, sentí su pulso. Iba rapidísimo. Le latía en la muñeca como un pájaro asustado, golpeando contra mi boca, mientras hacia la mesa ella seguía sonriendo tranquila, perfecta, como si nada.
Levanté la vista. Por un instante nuestros ojos se cruzaron.
Y no entendí lo que sentí.
Llevaba treinta y nueve años sabiendo con exactitud por qué cada cosa me importaba o no. Esto no encajaba en ninguna parte. Su mano caliente ahora bajo la mía, su corazón corriendo donde solo yo podía sentirlo, y dentro de mí una pregunta sin respuesta.
*¿Por qué me importa que tu corazón vaya tan rápido?*

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