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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 26

ZAYED

No podía dormir, y eso no era nuevo.

Lo que era nuevo fue darme cuenta, a las tres de la madrugada, de que el sillón estaba vacío.

Una luz delgada salía del rincón del cuarto, del escritorio que casi nadie usaba. Y ahí estaba ella. Sentada, con el camisón y el cabello suelto, una computadora abierta y papeles regados por toda la mesa. Una taza de té frío que no se había tomado.

Me quedé quieto en la oscuridad, mirándola.

Era distinta cuando creía que nadie la veía. No tenía la espalda recta de los desayunos. No tenía la sonrisa puesta. Tenía el ceño fruncido, los labios apretados, y tecleaba como si discutiera con alguien al otro lado de la pantalla.

—Es tarde —dije.

Dio un salto pequeño. Se llevó la mano al pecho.

—Por Dios. ¿Siempre apareces así, en la oscuridad?

—Es mi cuarto.

—Sí. Ya me lo recordaste con lo del baño. —Volvió a la pantalla—. Vuelve a dormir.

No volví a dormir. Caminé hasta el escritorio.

—¿Qué haces a esta hora?

—Trabajo. —No levantó la vista—. ¿Te suena? Eso que tú haces hasta que se te olvida volver a casa.

Casi sonreí. Casi.

—Pensé que tu trabajo estaba del otro lado del mundo.

—Lo está. —Por fin me miró, y estaba cansada de verdad—. Por eso lo hago a las tres de la mañana. Allá apenas es tarde. Aquí ya es otro día.

Vi los papeles. Listas. Números. Nombres de clientes que no conocía.

—Un cliente me canceló —dijo, y no sé por qué lo dijo, tal vez porque a esa hora la gente dice cosas que de día se calla—. El más grande. Por culpa del escándalo de mi boda. De nuestra boda. —Soltó una risa sin gracia—. La empresa es mía y de mi mejor amiga. La levantamos de cero. Es lo único que tengo que es completamente mío. Y desde acá la veo hundirse y no puedo hacer nada.

Me quedé callado.

—Mi hija depende de eso —agregó, más bajo—. No de un palacio. De eso.

Y por un momento, ahí, en la madrugada, dejamos de ser dos personas obligadas a vivir en el mismo cuarto. Por un momento solo fuimos dos personas hablando.

Sentí algo que no supe nombrar. Las ganas de decir que yo podía arreglarlo. Que con una llamada el cliente volvía. Que ella no tenía que pelear sola a las tres de la mañana.

Abrí la boca para decirlo.

Y la cerré.

—Deberías dormir —dije, en cambio. Frío. Cortante—. Mañana hay agenda.

Algo en su cara se apagó. Asintió una sola vez y volvió a su pantalla, y yo me odié un poco sin entender por qué.

Me acosté. Le di la espalda. La luz del escritorio siguió encendida un rato largo.

Pasó el tiempo y los dedos sobre el teclado se detuvieron.

Me giré. La luz seguía encendida, pero ella ya no peleaba con nadie.

Se había quedado dormida sobre los papeles. La mejilla apoyada en una lista de clientes, el cabello cayéndole sobre el brazo, la respiración lenta. La taza de té, todavía llena, fría hacía horas.

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