ZAYED
La revista estaba sobre el escritorio de mi padre, abierta en la portada, como si la hubiera dejado ahí a propósito para que yo la viera al entrar.
*¿Quién es la mexicana que rompió la alianza Al Farhan?*
—Toda Dubái la leyó esta mañana —dijo Mansour sin levantar la vista—. Toda Dubái se ríe esta tarde. —Cerró la revista.
No le gustó. Apretó la mandíbula, esa que yo heredé, y se sirvió un café que no pensaba tomar.
Layla entró sin tocar, como siempre, con un sobre crema en la mano y una ceja levantada.
—Llegó esto. —Lo dejó frente a mí—. Para el señor Zayed Al Rashid y su esposa. De parte de Nadia.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en agua quieta.
Abrí el sobre. Una invitación. Letras doradas. Una fiesta en su residencia, esa misma noche. La ex prometida invitando al hombre que la dejó plantada, con todo el descaro del mundo.
—No vas a ir —dijo mi padre. No era una sugerencia.
—¿Por qué no?
—Porque es una trampa, Zayed. Esa niña no invita por cortesía. Te invita para humillarte frente a toda la ciudad, justo el día que esa revista te puso de rodillas. —Dejó la taza—. Quédate en casa. Que el escándalo se apague solo.
—Los escándalos no se apagan solos. —Pensé en Rashid, en las fotos vendidas, en la mano que movía todo desde la sombra—. Alguien lo está soplando. Y si me escondo, le doy la razón.
—Te estoy dando una orden.
Me puse de pie.
—Con todo respeto, padre. —Lo miré a los ojos—. No le debo nada a nadie. Ni a Nadia, ni a su familia, ni a esta ciudad que se ríe. Voy a ir a esa fiesta. Y voy a ir con mi esposa.
El silencio entre nosotros se puso filoso. Mansour me sostuvo la mirada un largo rato, buscando la grieta. No la encontró.
—Allá tú —dijo al fin, y volvió a su café.
Me giré hacia mi hermana.
—Layla. Necesito que prepares a Mariana.
—¿Prepararla?
—Un vestido. De los que se usan para esas noches. El mejor que encuentres. Joyas. Todo. —Hablé rápido, porque la idea ya estaba completa en mi cabeza—. Es la primera vez que aparezco con ella en público. La primera. Y no quiero que entre a ese salón como la mexicana del escándalo. Quiero que entre como la mujer por la que valió la pena romper una alianza. Quiero que cuando cruce la puerta, el salón entero se quede sin aire.
Layla me miró despacio.
—Es arriesgado, Zayed. La estás poniendo en el centro del blanco. Todos los ojos encima. Todas las lenguas. Si das un paso en falso, te la comen viva. Y a ti contigo.
—Ese es el punto. —Me acomodé el saco—. Que la vean. Que la deseen. Que se pregunten qué tiene esta mujer que ninguna de ellas tuvo. Necesito que toda Dubái entienda esta noche por qué la elegí a ella. —Hice una pausa—. Aunque ni yo lo tenga del todo claro.

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