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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 28

MARIANA

Entrar a ese salón fue como meterme al mar en invierno.

Y aun así, lo sentí. El segundo exacto en que el salón se quedó sin aire.

Las conversaciones se cortaron. Las cabezas giraron. Todos me miraron. Pero no me miraron como a la mexicana del escándalo. Me miraron como se mira algo que no se entiende y que de todas formas no se puede dejar de ver.

Levanté la barbilla y caminé como si el piso fuera mío.

Layla me aconsejó en tener siempre la mirada en alto, porque agacharla significaba vergüenza y la esposa de Zayed, no tenía que tener vergüenza.

Y entonces la mano de Zayed encontró mi cintura.

No fue un toque cortés. Fue una mano abierta, firme, que se acomodó en la curva de mi espalda baja y se quedó ahí, caliente a través de la seda, como si ese fuera su lugar desde siempre y los demás apenas se estuvieran enterando.

—Respira —murmuró, con la boca casi pegada a mi sien—. Los estás dejando ganar.

—No sabía que te importara si gano.

—No me importa. —Su pulgar se movió una vez, lento, sobre mi espalda—. Pero eres mía esta noche, y lo mío no pierde.

Odié el escalofrío que me subió por la columna. Odié que mi cuerpo lo escuchara antes que mi orgullo.

Pero hubo algo más. Algo que me descolocó más que el escalofrío.

Lo miré de reojo y lo encontré… tenso. La mandíbula apretada. La mirada demasiado fija al frente. Cada vez que yo me movía, su mano se cerraba un poco más en mi cintura, como si soltarme no fuera una opción que se permitiera. Como si el que estuviera midiéndose, conteniéndose, aguantando algo, fuera él.

*No significa nada*, me dije. *Es protocolo, es su mano y mil cámaras.*

Pero su mano me quemaba, y él no me soltó en toda la noche.

Entramos, caminamos juntos, susurros a nuestro alrededor y entonces la ví.

Era imposible no verla. Vestido color hueso, cuello largo, una de esas bellezas que entran a un salón y bajan la temperatura. Sonreía a todos. Repartía besos al aire.

Nadia Al Farhan. La mujer con la que Zayed se iba a casar antes de que yo apareciera en una suite equivocada.

—Zayed. —Llegó con los brazos abiertos y una sonrisa de revista—. Cuánto tiempo. —Me midió de arriba abajo en medio segundo, sin que la sonrisa se le moviera—. Y tú debes ser… ella. La famosa. Encantada. Eres mucho más bonita de lo que dicen las fotos.

—Gracias —dije—. Tú eres exactamente igual de bonita que en las tuyas.

Algo le brilló en los ojos. No le gustó. Pero rio fuerte, para que todos la oyeran, y se llevó la mano al pecho como si yo fuera lo más simpático de la noche.

—Me cae bien tu esposa —le dijo a Zayed—. Tiene carácter. —Y luego a mí, con dulzura de azúcar—: ¿Me acompañas un momento? Cosas de mujeres. Tu marido nos disculpa.

La mano de Zayed se tensó en mi cintura. No quería soltarme.

—Vuelvo enseguida —dije.

Lo sentí dudar antes de dejarme ir. Caminamos juntas.

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