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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 29

ZAYED

No sentí el cristal romperse. Sentí, eso sí, la sangre caliente bajándome por la muñeca, y el nombre todavía flotando en el aire del salón.

Omar Hamza.

A mi lado, Mariana me tomó la mano sin pedir permiso. Apretó una servilleta contra el corte, los ojos muy abiertos, diciéndome algo que no escuché. Algo de salir de ahí, de buscar agua, de no hacer una escena.

Pero yo no podía moverme. Porque del otro lado del salón, entre la gente que aplaudía, él ya venía hacia mí.

Caminaba sin prisa, con esa calma que solo tienen los hombres que creen haber ganado. Saludaba con la cabeza a un lado y al otro, recibía felicitaciones, sonreía. Y mientras sonreía a todos, me miraba solo a mí.

—Zayed. —Se detuvo frente a nosotros. Abrió los brazos como si fuéramos viejos amigos—. Qué alegría que vinieras. No sabía si tendrías el estómago.

—No me lo perdería por nada —dije.

—Eso veo. —Bajó la mirada a mi mano, a la servilleta que ya se teñía de rojo, y algo se le encendió en los ojos. Placer. Puro placer—. ¿Te lastimaste? Qué torpeza. Tú, que siempre tienes todo tan bajo control.

—Un vidrio defectuoso. —Sostuve su mirada—. Pasa con las cosas baratas.

La sonrisa se le tensó un milímetro. Suficiente.

Entre Omar y yo había años. Negocios que él quiso y yo le quité. Puertas que se le cerraron porque yo las cerré. Un hombre puede perdonar perder dinero. No perdona perder delante de los demás, una y otra vez, frente al mismo rival. Eso se vuelve otra cosa. Se vuelve esto: dos hombres sonriendo en una fiesta mientras por dentro se miden para la guerra.

—Felicidades por tu compromiso —agregué—. Nadia es una gran mujer. Lo digo por experiencia.

Fue un golpe bajo y lo solté a propósito. Quería ver si todavía le dolía cargar con lo que yo había dejado.

Omar ni se inmutó. Al contrario. Su sonrisa se hizo más ancha, más lenta, más peligrosa.

—Ah, Zayed. —Negó con la cabeza—. Tú te quedaste con el último trato que yo iba a tener. Es justo que yo me quede con la que tú dejaste. —Se encogió de hombros—. Así funciona el mundo. Uno suelta. Otro recoge.

Y entonces hizo lo que yo más temía sin saber que lo temía.

Giró la cabeza. Y miró a Mariana.

La miró despacio. De arriba abajo. Con un descaro que no le habría permitido a nadie en mi presencia.

Capítulo 29: el enemigo 1

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