MARIANA
El camino de vuelta lo hicimos en silencio.
Zayed miraba por la ventana con la mandíbula apretada y la mano envuelta en la servilleta, que ya estaba más roja que blanca. No se quejó ni una vez. Los hombres como él no se quejan; se tragan el dolor como se tragan todo lo demás, hasta que un día revientan.
Hassan manejaba sin decir palabra. Yo apretaba mi bolso contra el pecho y trataba de no mirar la sangre.
No funcionó.
—Te va a quedar un vidrio adentro si no te curas eso bien —dije.
—Estoy bien.
—No estás bien. Estás goteando sobre la tapicería de un auto que cuesta más que mi casa.
No contestó. Pero por el espejo vi que Hassan casi sonreía.
Llegamos a casa y subimos directo a la habitación.
Encendí la luz y fui directo al baño. El botiquín seguía donde lo había visto la primera mañana, esa mañana del incidente de la toalla que los dos fingíamos no recordar.
Cuando volví, Zayed estaba sentado en el borde de la cama, todavía con el saco puesto, mirándose la mano como si fuera de otra persona.
—Quítate eso. —Señalé el saco—. Y dame la mano.
—Puedo hacerlo solo.
—Sé que puedes. —Me arrodillé frente a él, abrí el botiquín en el suelo—. No te pregunté si podías. Te dije que me dieras la mano.
Me miró un segundo, sorprendido, como si nadie le hablara así. Probablemente nadie le hablaba así.
Y me dio la mano.
Le quité la servilleta despacio. El corte era feo, en la base del pulgar, con un trozo de cristal todavía clavado en la piel. Apreté los dientes por él, porque él no iba a hacerlo.
—Esto te va a doler —avisé.
—Hazlo.
Tomé las pinzas. Sostuve su mano con firmeza entre las mías —grande, pesada, caliente— y saqué el vidrio de un solo movimiento.
No se movió. No respiró distinto. Solo cerró un poco más los dedos alrededor de los míos, una vez, como si necesitara sostenerse de algo, y luego los soltó.
Empapé el algodón en antiséptico y empecé a limpiar.
Y mientras lo hacía, en el silencio de esa habitación demasiado grande, me di cuenta de algo.
—Esta es la segunda vez —dije, sin pensarlo.
—¿La segunda vez de qué?
—Que te limpio la sangre. —Levanté la vista—. La primera fue en la cena de ensayo. Te habías cortado. Yo no sabía quién eras. —Tragué—. No sabía nada todavía.
Algo le cambió la cara. Por un segundo, debajo del hielo, vi al hombre de aquella noche.
—Yo sí sabía —dijo en voz baja—. Esa noche, cuando te acercaste a curarme, ya sabía exactamente quién eras. —Su pulgar rozó el dorso de mi mano
Se me secó la boca.
Bajé la mirada a la herida para no mirarlo a él. Concentré toda mi atención en enrollar la venda, vuelta tras vuelta, despacio, porque mientras tuviera algo que hacer con las manos no tendría que pensar en lo cerca que estaba de él. En que mi rodilla tocaba la suya. En que su respiración me movía el cabello.

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