MARIANA
Desperté tarde y sola.
La cama estaba hecha, los cojines acomodados, ni rastro de Zayed. Solo el aire de la habitación todavía con algo de él, y yo todavía con algo de la noche anterior: la mejilla, sus dedos, ese centímetro que no cruzamos. Me lo quité de encima como quien se sacude arena.
*Se fue temprano. Mejor. No tengo nada que decirle a la luz del día.*
Mentira. Tenía demasiado. Por eso era mejor que no estuviera.
El teléfono empezó a vibrar sobre la mesita. La pantalla decía "Mamá".
Respiré hondo y contesté.
—Hola, ma.
—No me digas "hola, ma". —La voz de Carmen Ríos entró como entra siempre, directo al hueso—. ¿Me quieres explicar por qué llevas semanas allá y cada vez que pregunto cuándo vuelves me cambias el tema?
—Estoy trabajando, mamá.
—Trabajando.
—El evento de aquí se alargó. Es un cliente grande. No puedo soltarlo a medias. —Las mentiras me salían tan lisas que me daban miedo—. Tú sabes cómo es esto.
Hubo un silencio del otro lado. El silencio de mi mamá nunca era vacío; era una pregunta esperando.
—Mariana. —Bajó la voz—. Te conozco desde antes de que nacieras. Esto no es por trabajo.
Cerré los ojos.
—Valentina te necesita —siguió—. Yo te necesito. Y tú me estás contando una historia que ni tú te crees.
—Ma, te juro que…
—No me jures nada. —Suspiró—. Solo prométeme que, cuando estés lista, me vas a decir la verdad. La de verdad.
—Te lo prometo —dije, y esa sí no fue mentira.
Al fondo se escuchó la risa de Valentina persiguiendo algo. Se me apretó la garganta.
—Tengo que colgar —dijo mi mamá—. Tu hija rompió otra cosa. Te quiero, necia.
Y colgó, dejándome con el teléfono caliente y la casa más grande y más vacía que nunca.
Bajé a buscar a la única persona de este palacio que no me trataba como un problema diplomático.
Encontré a Layla en la sala de las ventanas, con su café de contrabando y un libro. Se le iluminó la cara al verme.
—Sobreviviste a tu primera fiesta —dijo—. Y según los chismes, mi hermano destrozó una copa con la mano. Cuéntamelo todo.
—Otro día. —Me dejé caer a su lado—. Hoy necesito otra cosa. —La miré—. Layla, ¿tú alguna vez rompes las reglas?
Levantó la taza.
—¿Esto te parece poco? En esta casa no se toma café. Soy una delincuente.
—Eso es trampa de principiante. —Me reí—. Hablo de algo de verdad. Por ejemplo… —Bajé la voz, como una conspiradora—. Bajar a la cocina. Tú y yo. A cocinar algo nosotras mismas. Halima dijo que la señora de la casa no pisa la cocina. Me muero de ganas de pisarla.
A Layla se le borró la sonrisa de golpe.

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