ZAYED
Algo cambió en su cara cuando leyó ese mensaje.
La vi palidecer, apretar el teléfono, y después guardarse lo que fuera detrás de esa máscara de hierro que cada día le quedaba mejor.
—¿Quién es? —pregunté—. ¿Qué decía ese mensaje?
—Trabajo. —Se guardó el teléfono—. Un contrato. Uno que va a salvar mi empresa.
—Déjame verlo.
—No.
—Mariana.
—Te dije que no. —Dio un paso hacia mí, sin miedo, esa mujer no le tenía miedo a nada—. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Tú me trajiste a esta casa. Tú me obligaste a este matrimonio. Tú decides dónde me siento, con quién hablo, qué cara pongo para tu padre. Bien. Pero mi empresa no. Mi empresa es lo único que sigue siendo mío. Y no voy a permitir que te metas en ella. No voy a permitir que la destruyas, como destruiste todo lo demás de mi vida.
—Yo no destruí tu vida.
—La pusiste de cabeza en veinticuatro horas. —Levantó la barbilla—. Así que esto es lo único en lo que no mandas, Zayed. Aquí no te obedezco. Aquí ni siquiera te pido permiso.
Y se dio la vuelta y se fue por el pasillo, dejándome con la respuesta en la boca y la sensación absurda de haber perdido una pelea que ni siquiera entendía del todo.
—Mariana —dije.
No volteó.
Me quedé hablando solo en mitad del corredor, como un idiota.
—Vaya, vaya. —La voz de mi hermana llegó desde la escalera, divertida—. Por fin pasó.
—¿Qué cosa? —ladré.
—Llegó tu némesis. —Layla bajó los últimos escalones con una sonrisa que no me gustó nada—. Treinta y nueve años buscando a alguien que te pusiera en tu lugar, y resulta que la encontraste por accidente en una suite. —Se cruzó de brazos—. Me encanta. Me encanta que sea ruda. Me encanta que no te tenga miedo. ¿Sabes hace cuánto que nadie te dice que no en esta casa?
—No tiene gracia.
—Tiene toda la gracia del mundo.
Apreté la mandíbula.
—Layla. Necesito que hagas algo. —La miré—. Enséñale. Cómo se comporta una esposa aquí. Cómo son las mujeres de esta familia. El respeto, las formas, el lugar de cada quien. Para eso te pedí que la guiaras.
A mi hermana se le borró un poco la sonrisa.
—¿Quieres que la convierta en una de nosotras?
—Quiero que aprenda a comportarse.
—Zayed. —Ladeó la cabeza—. La elegiste porque no es como nosotras. Aunque no lo elegiste con la cabeza, lo elegiste. Y ahora quieres que le apague justo lo que no puedes dejar de mirar. —Subió un escalón—. Yo le enseño nuestras costumbres con gusto. Pero a esa mujer no la voy a domar. Ni yo, ni tú. Y en el fondo, hermano, rezas para que nadie lo logre.
Se fue antes de que yo encontrara con qué responderle.
Tampoco encontré con qué responderme a mí.
Hassan me esperaba junto al auto.
—Señor. —Me abrió la puerta y me estudió la cara, como hacía siempre—. ¿Está bien?

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