MARIANA
—Apunta. —Caminaba por la habitación con el teléfono en alto y la cámara encendida, Gabi del otro lado tomando notas como loca—. Necesitamos floristería de primer nivel, nada de cadenas. Catering para mínimo cuatrocientos. Un coordinador local de confianza para los permisos. Y consigue tres opciones de salón antes del viernes, los más caros que encuentres. Esta gente no quiere bonito. Quiere que les duela la cuenta.
—Mari, eres una máquina. —Gabi tecleaba sin levantar la vista—. Pero te voy a decir lo obvio: lo ideal es que yo me vaya para allá. Una boda de este tamaño no se organiza por videollamada y a doce horas de diferencia.
—No es necesario. —Lo dije rápido. Demasiado rápido—. Yo controlo todo desde aquí. Tú sostén México. Yo sostengo Dubái.
—Ajá. —Gabi por fin levantó la cara y me clavó esa mirada que tenía desde la secundaria—. Hablando de eso. Sigo esperando, ¿eh?
—¿Esperando qué?
—La explicación, Mariana. De cómo demonios mi mejor amiga, mi socia, la mujer más cuadrada que conozco, terminó casada con un jeque en Dubái. —Cruzó los brazos—. Y no me vengas otra vez con "es complicado".
Suspiré. Me dejé caer en el borde del sillón.
—¿De verdad quieres saber?
—Llevo semanas queriendo saber.
—Bien. —Respiré hondo—. Es tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Tuya, Gabi. Tu idea brillante. "Mari, necesitas una noche sin compromiso." "Mari, un momento de pasión, sin nombres, sin apellidos, para que vuelvas a sentirte viva." —La imité con voz tonta—. Me convenciste. Me mandaste a una suite de hotel a acostarme con un desconocido como si eso arreglara mi divorcio.
—¡Y te sirvió!
—Me equivoqué de suite, Gabi. —La miré—. Entré a la suite equivocada. Y el desconocido con el que pasé la noche resultó ser el novio. El novio de la boda que yo estaba organizando al día siguiente.
Gabi se tapó la boca.
—No.
—Sí. Destruí una boda. Destruí una alianza entre dos familias poderosas. Salí en todas las revistas como "la mexicana que arruinó todo". —Solté una risa amarga—. Y mi castigo por todo eso es este: estar casada un año entero con un bloque de hielo que me trata como un mueble y duerme a tres metros de mí sin verme.
Gabi se quedó callada un segundo. Después ladeó la cabeza, mirando la pantalla con una sonrisita rara.
—Pues yo no sé, amiga. —Subió las cejas—. A mí no me parece tan bloque de hielo. Y, perdón que lo diga, pero está guapísimo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dices eso?
Gabi no contestó. Solo movió los ojos. Despacio. Hacia un punto detrás de mí.
Y señaló con la barbilla.

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